Domingos con Juan de Mairena (IV): el mito en el lenguaje

Mito y lenguaje

Domingos con Juan de Mairena (IV): el mito en el lenguaje

Sobre lo apócrifo: “Tenéis —decía Mairena a sus alumnos— unos padres excelentes, a quienes debéis respeto y cariño; pero ¿por qué no inventáis otros más excelentes todavía?”

Juan de Mairena, Antonio Machado

El fondo y el juego

En el fondo, todo es mitológico. La mayoría de los acuerdos y desacuerdos que protagonizan nuestras conversaciones duermen latentes aguardando a que alguien los despierte. El lenguaje es un fenómeno social que estructura y ordena las relaciones humanas desde los estratos más primarios de nuestra psicología, hasta los macroprocesos de calado más global. Las repercusiones del lenguaje son universales porque, de algún modo, el lenguaje es tanto las reglas como el desarrollo del juego: es lingüísticamente como se plantean las normas, las reglas, los presupuestos, o al menos, como se comunican, pues es a través del lenguaje como se construye el tejido de la comunicación humana.

Pero, ¿qué quiere decir que todo es mitológico?

Desde los primeros estudios de antropología cultural (allá por principios y mediados del siglo XIX), uno de los principales intereses ha sido el de conocer las particularidades que determinan la historia y el carácter de los pueblos. Herder, los hermanos Schlegel (y una lista interminable de viajantes y estudiosos del tema) fueron creando, a través del análisis de los mitos y las costumbres de cada pueblo, un entramado de conceptos que ayudaba a desentrañar el origen de sus estructuras sociales. Pero, ¿por qué retrotraerse a los orígenes para comprender la actualidad de un pueblo?

Una razón ineludible es el carácter hereditario e histórico de nuestras estructuras sociales: nuestras creencias, prácticas e instituciones se vinculan en proceso de continuidad con las que las preceden, y se enlazan con las futuras. Otra razón sería la tendencia a justificar nuestras acciones o creencias en la costumbre: todos comemos con tenedor y conducimos por la izquierda por nada más que hábito. Arbitrariedades necesarias. Son reglas lingüísticas y conductuales asimiladas en nuestro primer aprendizaje social. Podríamos considerar además la inevitable semejanza que encontramos entre la organización social de un pueblo y el reflejo que irradia la mitología dominante.

Panteón y lenguaje
En nuestro lenguaje existe un panteón que determina el prisma desde el que juzgamos el mundo.

 

Ejemplos muy típicos de esto serían: la institución de un modelo asambleario en una Grecia politeísta (el principio es polisémico y comunitario); el régimen senatorial romano y su evolución hacia un estado imperial tras el ascenso supremo de Júpiter en el panteón (unificación de la semántica del origen); el acentuamiento del catolicismo monoteísta y el refuerzo de la figura del monarca autoritario; la cohabitación de diferentes modelos de cristianismo y la aparición paralela de un parlamentarismo que permitía la representación de diferentes posturas religiosas y políticas (retorno de la pluralidad semántica), etc. En la base del juego de las relaciones humanas hay un telar de creencias y asunciones que articula sucintamente el telón de fondo nuestro lenguaje. Cada postura se instala en una o varias dualidades (bueno/malo, justo/injusto, adecuado/inadecuado) y las desarrolla a su manera. Lo que aquí entiendo por lenguaje es ese tejido sobre el que plasmamos nuestra realidad simbólica interna, con unos símbolos que tomamos prestados del medio social y que aglutina significaciones. ¿Cuál es el orden del proceso? Esto se nos iría un poco largo así que, insisto, ¿por qué todo es mitológico?

Mito y lenguaje

Nuestro lenguaje cotidiano se compone de multitud de oposiciones, asociaciones y presunciones que articulan la relación de sus elementos: binomios semánticos (como los de género, los que indican dirección, o cualidades determinadas), refranes y expresiones al uso que conducen nuestra percepción común, razonamientos prefabricados, intuiciones “básicas”… En el fondo, todas estas estructuras funcionan como pre-ideas o preconcepciones que determinan el flujo de nuestro pensamiento y acción cotidianas.

Esto es especialmente patente en el caso de los binomios: los fenómenos lumínicos gozan de mayor prestigio que los nocturnos (así decimos que una persona tiene luz, o que tiene aspecto sombrío), las relaciones posicionales (derecha e izquierda, superior o inferior, la relación centro-periferia o norte-sur están impregnadas de valoraciones implícitas) y otras parejas o grupos lingüísticos. Muchos de los trabajos de Jacques Derrida se han esforzado en auscultar y definir estas relaciones terminológicas con el fin de visibilizar sus relaciones ocultas. A fin de cuentas, este conjunto de metonimias y metáforas encauzan la naturalidad de nuestro pensamiento, obedeciendo a una narrativa preconsciente aprendida en edades muy tempranas. Esta narrativa yace detrás de nuestro lenguaje y es mitológica, suponiendo el marco de relatos, creencias y costumbres que respaldan nuestra visión como cultura. Es aquí donde podemos realizar un diagnóstico que nos ayude a trazar la silueta de nuestro carácter.

Red y lenguaje
En las palabras que lanzamos el mundo ya se ha previsto de antemano.

En estos trabajos se centró Herder. Sus estudios del Volkgeist (espíritu del pueblo) fueron dirigidos a captar la sentimentalidad de los mitos que componían cada forma de cultura, y su lenguaje. Así, un pueblo en el que abundaran los verbos (partículas de acción y proceso) parece estar más inclinado a la acción que uno en el que mayoritariamente existen sustantivos (particulas que definen identidades estáticas y definibles por sus características constantes). Es curioso señalar el papel de los pronombres personales en el habla de una cultura: el que un grupo o individuo tenga cierta robustez de identidad parece estar relacionado con su uso, como si implicase una cierta toma de conciencia individual o colectiva. A través del estudio de sus prácticas, de sus sentimientos y su lenguaje, Herder realizó un esquema en bruto que sugería una explicación al carácter de cada pueblo. Un primer paso muy creativo, desde luego.

Pero, ¿y qué cuál es la importancia de este hecho?

Viejos, nuevos dioses

Según esta idea, podría llegar a pensarse que las personas no somos más que títeres a expensas de la voluntad impersonal de su lenguaje. Actores sin libertad en un escenario determinado. Son muchos los autores (Ersnt Jünger, Martin Heidegger) que desde principios de siglo XX han defendido este tipo de determinismo: los individuos somos el producto de un proceso de cosificación histórica protagonizado por nuestro lenguaje, que ha definido con los siglos tanto nuestras relaciones como qué es y qué debe ser un individuo, cuáles son cosas que puede creer, defender y combatir. ¿Estaría todo presupuesto? La evolución de la historia no sería más que una especie de despliegue de las contradicciones que implica nuestro lenguaje.

Esto, por supuesto, es reduccionista y sumamente abstracto: pensar que el lenguaje determina la evolución de las relaciones y las condiciones materiales es incurrir en una especie de idealismo en el que las palabras determinan el curso de la materia misma y se abandonan las diferencias económicas y sociales a la merced de las decisiones implícitas del lenguaje. Tiene cierto atractivo, pero, el lenguaje cambia con el tiempo. Por supuesto, alguien podría argüir que los cambios en el lenguaje no son más que un resultado de sus dinámicas internas (como un reactivo químico que desata su actividad espontáneamente), estando determinado un cambio de significación por la relación de sus términos en el despliegue de su uso histórico. Como si una pandemia no pudiera bambolear el curso de la historia, ¿verdad? Aunque, si la palabra pandemia o virus no hubiera existido en nuestro lenguaje, ¿cómo actuar ante una cosa que no existe? El lenguaje crea nuestro mundo, pero, el lenguaje no es el mundo. Aunque el lenguaje aprenda del mundo, mientras lo ensancha.

Para terminar, retomemos el comienzo: todas nuestras conversaciones sociales tienen definido su curso desde el principio, porque su contradicción está implícita en nuestro lenguaje. ¿De qué manera podría cambiar esto? ¿De qué manera podríamos evitar el revivir la lucha eterna entre los dioses que componen el panteón dormido de nuestro lenguaje? Quizás, reconstruyendo sus significaciones: es solo rompiendo su naturalidad y reescribiendo las relaciones entre las cosas como podemos generar un mundo en el que las cosas funcionen de otro modo. El único modo de trazar acuerdos es reinterpretar la raiz del desacuerdo. Si las cosas siempre funcionan igual, es porque siempre se piensan igual. Creo que es esto a lo que hace referencia Machado en el aforismo que encabeza este artículo, y a lo que nos invita a reflexionar. Quizás crear otros padres, nos haga diferentes como hijos. Si esto fuera así, ¿lo intentaríamos?

 

Atentamente,

uno que camina.

Otras entregas:

Domingos con Juan de Mairena (II)

Domingos con Juan de Mairena (III)

Otros enlaces de interes:

Juan de Mairena versión pdf vía Freeditorial

Introducción al Volkgeist de Herder

 

 

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

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