La altura

La altura

Escalar no te hizo ave. Trepar la roca no te acercará al aire, ni a la luna, ni a la altura. Tu corazón quedó reo de la tierra.

Escalar nunca fue cosa de aves. Las aves navegan. Y por más que se aventure el perro a las alturas, siempre pertenecerá a los charcos y a su cieno. Porque su corazón, canción de huesos, sólo sabe a roca seca y polvo y tierra.

Por más que arañe la roca y le ladre a su sombra, no hallará consuelo, porque no hay lugar para la gramática del aire en el granito de sus huesos.

Vuelvo, tras mis huellas, sin manada, a olisquear un breve réquiem de escaladas, coleccionando fragmentos de esqueleto, por si pudiera construirme nuevas alas con los restos del crujir de mis caídas.

Pero no. Por más que trepes, perro, jamás podrás ser ave. Tu olfato no aspira a las estrellas. Por alto que mires y aúlles a tu luna, siempre quedarás lejos: y es que la lengua del astro no es bienvenida entre fieras. Hay voces que nunca se cruzan. La altura, piel de huesos, jamás fue asunto de esas cumbres a las que tus patas se afanan en encaramarse.

La altura, pardo perro, siempre la dieron las alas, y escalar no te dará una canción de plumas.

Y no entretengas a los vientos con tus bromas. Tu corazón siempre será de roca y tierra.


Atentamente,
Uno que camina

Salmo en vigilia de sábado

Salmo en vigilia de sábado

Las llamas arañan sin el calor de su presencia. Sobre la pared se proyectan sombras. Los minutos nos hacen como ellas.

Las uñas dañan.
El fuego arde.
La noche, larga.
Las voces pesan.

            En el anonimato de la noche, las flechas atraviesan nuestros labios para clavársenos en los corazones. Espalda con espalda, lo más puro se olvida con veneno y las fronteras ponen tierra de por medio. Las sombras son tan sólidas como las paredes. Los minutos nos esconden entre ellas.

Las uñas dañan.
El fuego arde.
La noche, larga.
Las voces pesan.

            En la primera hora de luz, o la segunda, la noche se resiste tras una cortina de polvo que cae como un trueno a medias. La lava brota de las gargantas. El pecho arde, y presas del calvario que viene, las voces, vencidas por el sino de su peso, quiebran.

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La fuente (paisaje)

La fuente (paisaje)

Coro de grillos. Luz. La muerte aproximando sus señales. En el camino hacia la puerta de la fuente, el mediodía graba un infierno particular en cada piedra, acatando cada norma del verano. Ríos de vida negra viajan de cráter en cráter transportando los preceptos del invierno y, a los lados, los plátanos lanzan sus ramas en lo alto. Pequeñas obreras trepando las copas para luego regresar hacia su cráter. Pacientes. Conformes. Sumisas. El año amarillea en la villa y el valle sin pausa, se recalienta. Y la puerta de la fuente no se abre y no impide que se aleje quién se acerca. Sed. La sed. En cuclillas y a la sombra desespera. En sus ojos se escurre el último destello de sus fuerzas.

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La hoguera (o de lo eterno)

La hoguera (o de lo eterno)

¿Y si se consume la hoguera?

Todo es tiempo. Todo es tiempo y sus manecillas se filtran por la piel, rasgando un lienzo de llagas y hoyos sin trazo ni concierto. Su mar se ha hecho granizo y, los ecos de los demonios reivindican su protagonismo con la cólera de un pronunciamiento militar. Las agujas y las horas. Las agujas y… las horas.

Todo es tiempo… y el tiempo se consume y fornica consigo mismo y engendra más tiempo y emplea su tiempo en expandirse como un infierno infinito. Leer más “La hoguera (o de lo eterno)”

Repetición

Repetición

Cada mañana, al levantarme, rezo porque no suceda. Pero insiste.

A través de las ventanas se filtra una luz cansada de rendirse a mis plegarias. Era martes, y de pronto, todo decidía ser lo mismo. La música del campanario despegaba su rutina, y en mis sienes renacía algún incendio. ¿Por qué regresan los ojos que no miran?

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