Cartas encontradas (I) El mentiroso

Cartas encontradas (I)

Hace unos meses llegaron a mis manos unas cartas bastante extrañas. Quizás, decir que llegaron es algo presuntuoso. En realidad, fui yo el que las encontró en una pila desordenada sobre un cubo de basura y fue a mí al que venció la tentación de hacerlas mías. Ellas son, por descontado, absolutamente inocentes. En este punto, me gustaría saber quién hubiera sido capaz de reprimir el impulso aún a sabiendas de que se hubiera librado para siempre de que lo acusaran de ladrón, de intruso, y lo reprendieran con el argumento de privarle para siempre al olvido las palabras que su contenedor de desechos tenía previsto regalarle. Quizás decir que mis manos llegaron a las cartas haga más honor a la justicia, pero desde luego, que el sonido es quien dicta la frase.

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La hoguera (o de lo eterno)

La hoguera (o de lo eterno)

¿Y si se consume la hoguera?

Todo es tiempo. Todo es tiempo y sus manecillas se filtran por la piel, rasgando un lienzo de llagas y hoyos sin trazo ni concierto. Su mar se ha hecho granizo y, los ecos de los demonios reivindican su protagonismo con la cólera de un pronunciamiento militar. Las agujas y las horas. Las agujas y… las horas.

Todo es tiempo… y el tiempo se consume y fornica consigo mismo y engendra más tiempo y emplea su tiempo en expandirse como un infierno infinito. Leer más “La hoguera (o de lo eterno)”

Repetición

Repetición

Cada mañana, al levantarme, rezo porque no suceda. Pero insiste.

A través de las ventanas se filtra una luz cansada de rendirse a mis plegarias. Era martes, y de pronto, todo decidía ser lo mismo. La música del campanario despegaba su rutina, y en mis sienes renacía algún incendio. ¿Por qué regresan los ojos que no miran?

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Carta al abuelo

Carta al abuelo

“Hace mucho prometiste

enseñarme

los palacios intemporales,

y me voy haciendo viejo.” *

Antonio Navarro Vázquez

 

Hola abuelo, sé que estarás bien. A día de hoy, aun guardo una imagen tuya (dibujada por las manos de un niño) que creo que conservaré para el final. Y que conste: sé que no te gustaban los finales. Siempre preferiste sembrar y esmerarte en lo tuyo, a disfrutar del festín de la cosecha. Lo tuyo siempre fue el campo, su trabajo, sus labores y claro… allí las prisas nunca fueron buenas. El final siempre te hacía pensar en si el camino se había transitado correctamente y, al final, donde menos se piensa es en el propio camino. Tú siempre fuiste de ponerle el despertador al sol, calzarte con cuidado, montarte sobre el tractor y observar cómo los días se iban y volvían, alerta de lo que trajera el mañana. Alerta, siempre alerta. Como un jefe cuidando de su tribu.

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Palacios intemporales (video-poema)

Palacios intemporales es un poema que cosí para ti abuelo. Hace unos días habrías cumplido 88 años y lo cierto es que nunca pude recitartelo a viva voz, como te gustaba decir. Sé que tú medías las cosas de otra manera: tú sabías oler el fruto del árbol aún cuando era una semilla.

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