Tambores

Tambores

Sobre la piedra del porche
-allí donde sólo apoyan
las huellas que ya no pisan-,
se acerca contando los pasos
el viento con su cuchilla.

Viles, las botas de la prisa
baten tambores
mermando el hueso
-¡insano el miedo!-,
hollando fosas,
cargando el tiro…

Y calla la sierra del grillo
sobre el serrín de mi pecho.

Dejo los sueños a un lado.
Ahora, preso de ese tiempo
-deuda-
cuento en la piedra del porche
mil minuteros perdidos.

Reo, cargo el ocaso a la espalda
-ámbar de joroba-
y hoy que me siento en la piedra
chilla un reloj sin palabras.
Qué.
La guerra que no concediste.
Tú, desacato: armisticio.
Porque el deseo no olvida.
Y es que es la sed un cuchillo…

Calla la sierra del grillo
sobre el serrín de mi pecho.

Mitad luto, mitad guerra,
gélido chorro me vierto
-soy a la vera del viento-
el deslizar de la arena.
Hoy, en el mármol del porche
truenan un deseo de ausencias
-y en mi joroba, un ocaso,
es de la sed las pavesas.

Y en el serrín de mi pecho
hinca el reloj su cuchillo.

Atentamente,

Uno que camina

Un año, abuelo

Un año, abuelo

Hace un año, abuelo, te despediste de nosotros. Parece que te estoy viendo. Estás en la cama, respirando tu último descanso, allí, donde hubieras querido, con todas las sílabas de tu legado conteniendo la respiración dentro de tu alcoba. Era la noche. Es inútil que te hable de lo que vi, pero si algo es cierto, es que hay veces que el agua que corre, sana. Y si no lo hace, estando donde estamos, probablemente no es peor el desconsuelo.

Dos días antes, tu hija, que también es mi tía, me llamó para avisarme de que el médico había dado la noticia. Mi padre ya estaba en la casa. Fue entonces que el tiempo se detuvo y pasado, presente y futuro se congregaron en silencio dentro de los huesos de tu cuarto. Sin estar, estábamos todos, y lo que yo vi, seguramente, poco tenía que ver con lo que pasaba: yo te miraba sentado en el patio, junto a mi hermano y mi abuela, con los ojos fijos en el televisor en una tarde fresca de verano. Estábamos también en el salón, con mi brazo sobre tu hombro, delirando juntos sobre un futuro que no prometía tregua. Y qué razón llevabas. Los fantasmas de todos los gatos que custodiaron tu casa también hacían guardia aquella noche. Tú estabas sobre el tractor, cabalgando horas y albas de arcilla y centeno, mientras yo empapaba un trapo en agua para escurrírtelo en los labios, para que no te olvidases del último aliento de la vida. Yo, que no era un niño, estaba frente a ti, que si lo eras. Y tú, puro marfil, asentías murmurando despedidas.

            ¿Quién puede entender que es la muerte cuando el cuerpo está caliente y después de todo marcha? ¿Qué significa eso de que hoy no existes? ¿Es qué no va a haber un reencuentro? Este año, en el año de la muerte, de la soledad, del desengaño, la distancia, la resiliencia y la espera, todo es más extraño al sentido que nunca. ¿Qué mierdas es eso de la muerte cuando el recuerdo persevera? La distancia. La muerte es la distancia. Tú te olvidaste te todo, y mira, estabas más vivo que nunca. Hiciste bien las cosas, abuelo, porque ni la muerte te ha sacado de la vida.

            Hace un año que estamos solos y desde entonces todo se ha vuelto en contra todo el mundo. El mundo de ahora es solo miedo. Sabes, a veces creo que el mundo te ha respetado hasta el último momento y que las calamidades aguardaban a que te marcharas como un ladrón que espera a que el guarda se duerma. Por otra parte, a veces pienso que ha esperado a que marchases para ahorrarte la indigestión de los últimos meses. Quién sabe. Ya te lo he dicho alguna vez, tu legado se ha esparcido por la tierra y un mal ha prohibido los reencuentros. Precisamente tu mayor ilusión, el que podamos estar reunidos en la mesa todos juntos siendo casa, es el único deseo que no podemos concederte. Qué rabia, abuelo, qué rabia no poder llorarte y reírte en el calor de la compañía. Todavía te estoy viendo, yo siempre te veo, abuelo. Pero bueno, aun así, estoy contento. Nuestra mayor alegría es que te fuiste siendo un niño, dormido en tu cuna y viviendo tu infancia allí en el sitio que te vio crecer y hacerte hombre. Ese será mi consuelo.

Tu huella está impresa en nuestra tierra. No nos olvides. Nosotros no lo hacemos.

Atentamente,

Uno que camina

Salmo en vigilia de sábado

Salmo en vigilia de sábado

Las llamas arañan sin el calor de su presencia. Sobre la pared se proyectan sombras. Los minutos nos hacen como ellas.

Las uñas dañan.
El fuego arde.
La noche, larga.
Las voces pesan.

            En el anonimato de la noche, las flechas atraviesan nuestros labios para clavársenos en los corazones. Espalda con espalda, lo más puro se olvida con veneno y las fronteras ponen tierra de por medio. Las sombras son tan sólidas como las paredes. Los minutos nos esconden entre ellas.

Las uñas dañan.
El fuego arde.
La noche, larga.
Las voces pesan.

            En la primera hora de luz, o la segunda, la noche se resiste tras una cortina de polvo que cae como un trueno a medias. La lava brota de las gargantas. El pecho arde, y presas del calvario que viene, las voces, vencidas por el sino de su peso, quiebran.

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