La altura

La altura

Escalar no te hizo ave. Trepar la roca no te acercará al aire, ni a la luna, ni a la altura. Tu corazón quedó reo de la tierra.

Escalar nunca fue cosa de aves. Las aves navegan. Y por más que se aventure el perro a las alturas, siempre pertenecerá a los charcos y a su cieno. Porque su corazón, canción de huesos, sólo sabe a roca seca y polvo y tierra.

Por más que arañe la roca y le ladre a su sombra, no hallará consuelo, porque no hay lugar para la gramática del aire en el granito de sus huesos.

Vuelvo, tras mis huellas, sin manada, a olisquear un breve réquiem de escaladas, coleccionando fragmentos de esqueleto, por si pudiera construirme nuevas alas con los restos del crujir de mis caídas.

Pero no. Por más que trepes, perro, jamás podrás ser ave. Tu olfato no aspira a las estrellas. Por alto que mires y aúlles a tu luna, siempre quedarás lejos: y es que la lengua del astro no es bienvenida entre fieras. Hay voces que nunca se cruzan. La altura, piel de huesos, jamás fue asunto de esas cumbres a las que tus patas se afanan en encaramarse.

La altura, pardo perro, siempre la dieron las alas, y escalar no te dará una canción de plumas.

Y no entretengas a los vientos con tus bromas. Tu corazón siempre será de roca y tierra.


Atentamente,
Uno que camina

Cartas encontradas (I) El mentiroso

Cartas encontradas (I)

Hace unos meses llegaron a mis manos unas cartas bastante extrañas. Quizás, decir que llegaron es algo presuntuoso. En realidad, fui yo el que las encontró en una pila desordenada sobre un cubo de basura y fue a mí al que venció la tentación de hacerlas mías. Ellas son, por descontado, absolutamente inocentes. En este punto, me gustaría saber quién hubiera sido capaz de reprimir el impulso aún a sabiendas de que se hubiera librado para siempre de que lo acusaran de ladrón, de intruso, y lo reprendieran con el argumento de privarle para siempre al olvido las palabras que su contenedor de desechos tenía previsto regalarle. Quizás decir que mis manos llegaron a las cartas haga más honor a la justicia, pero desde luego, que el sonido es quien dicta la frase.

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La cosecha (III)

Tres. La cosecha.

Está lloviendo, y acabo de darme cuenta.

La cosecha. Las preguntas. Los fragmentos.

La cosecha

Muchas son las cosechas. Muchas. Y también lo son sus signos. Nunca ha hecho la llegada de septiembre para que se puedan recoger sus frutos. Desafortunadamente, siempre existe una cosecha.

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Los fragmentos (II)

Dos. Los fragmentos.

Está lloviendo, y acabo de darme cuenta.

Los fragmentos. La cosecha. Las preguntas.

Los fragmentos

Podría pasarme horas mirando los fragmentos. Horas. Colecciones de fotografías, papeles tachados, compactos con canciones que me suenan, abalorios mordidos por el óxido, polvo, figuras viejas… Sé que hay una sábana invisible que envuelve a todos estos objetos y, sin embargo, no consigo adivinar su tejido. Los fragmentos, en su paciente descanso, no se miran, y hasta parecen ignorarse. Pero, ¿cómo iban a hacerlo? Eso sería imposible y, solo es cuestión de tiempo que atrape uno de los vértices de la sábana y desenvuelva la incógnita. Mientras tanto, sigo mirando los fragmentos. Sentado. Durante horas.

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Las preguntas (I)

Uno. Las preguntas.

Está lloviendo, y acabo de darme cuenta.

Las preguntas. Los fragmentos. La cosecha.

Las preguntas

Las preguntas siempre se anticipan a mis pasos. Siempre hay ruido. Parece raro, pero, creo que nunca me he acercado a algo sin preguntarme antes acerca de su naturaleza. Y es raro pero, cuando pasa, pronto han acudido a mi las preguntas, inquietas, como un crío al que no le prestan atención. Las pocas cosas que se me han presentado de sorpresa siempre han tenido que ver con la música e incluso a estas suelo escrutarlas al desvanecerse.

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