Las preguntas (I)

Las preguntas
Uno. Las preguntas.

Está lloviendo, y acabo de darme cuenta.

Las preguntas. Los fragmentos. La cosecha.

Las preguntas

Las preguntas siempre se anticipan a mis pasos. Siempre hay ruido. Parece raro, pero, creo que nunca me he acercado a algo sin preguntarme antes acerca de su naturaleza. Y es raro pero, cuando pasa, pronto han acudido a mi las preguntas, inquietas, como un crío al que no le prestan atención. Las pocas cosas que se me han presentado de sorpresa siempre han tenido que ver con la música e incluso a estas suelo escrutarlas al desvanecerse.

Creo que una de las cualidades de la pregunta es la de persuadirnos con que siempre ha estado allí, merodeando, y que incluso antes de aparecer ya había escogido la butaca sobre la que sentarse a ver la función. La pregunta deforma el tiempo, lo pliega, y se sitúa en dos puntos diferentes de forma simultánea, convenciéndonos de que lo que tenemos delante es una respuesta a sus inquietudes, como si todo lo que vemos estuviera preguntado de antemano. ¿Por qué no lo había visto antes? La pregunta vicia la mirada y nos seduce, susurrándonos que todo son respuestas, que todo deberían ser respuestas, que en todo deberíamos encontrar una respuesta, pero, ¿es qué cabe el mundo en una sola pregunta? ¿Es el mundo una pecera? ¿Tienen estás preguntas respuesta? Y si la tuvieren, ¿sería dar la razón al imperio de la pregunta? ¿Cabe la respuesta a todo en un monosílabo? ¿Cuál es la última pregunta? Quizás aquella que nos convence de que estuvo desde el principio. De que siempre fue… la primera.

Viaja por un momento a un instante de duda. Bien. Ahora viaja a otro vacío de toda ella. ¿Cuál es la diferencia? En uno, la pregunta es tácita, perseverante, molesta y su existencia es tan evidente como somática: está en el temblor de tus manos. En el otro, sin embargo, el interrogante se esconde tras la claridad de la respuesta: la acción habla por sí misma e incluso elude las palabras, pero… ¿no está la pregunta latiendo en el paso previo, como dormida, temiendo presentarse con mayor fuerza y arruinar a la ligereza con su presencia? Ni siquiera me lo planteé, dirás, cuando ya entregaste una respuesta. Una, u… otra, pero la entregaste. Nunca dejamos de contestar.

En la antesala de la acción colapsan todas las posibilidades, aguardando la elección de quién trata de emprenderla. El precio es el tiempo, aunque en la moneda aparezca nuestra rúbrica. Entre la acción y el tiempo, la pregunta esculpe arrugas, achaques y canas y troca el valor de nuestros pagos. Al final, solo eso, acciones y tiempo. Al final del tiempo, las acciones presentan su trabajo. Y, al final del tiempo, las acciones cesan sus esfuerzos… ¿Quién dará lecho a nuestros huesos? ¿Hay un huésped para toda esta historia? El principio y el final rozan sus dedos y Juno descorre el telón que los separa. Y de nuevo. ¿Cuál es la última pregunta?

La pregunta genera el vicio por la trama. La religión de la pregunta defiende la creencia de que todo lo que existe tiene una explicación y que, cuando esta no se encuentra, no es tanto por la orfandad del interrogante como por la ceguera de quien se pregunta. Todo tiene sentido, porque todo responde a una razón. Y todo responde a una razón porque todo tiene una respuesta. Y toda respuesta se asocia a una pregunta. Todo está preguntado de antemano, ¿no? Sino, ¿por qué demonios íbamos a encontrar una respuesta? Alguien debió de dejarla allí u olvidarse de ella. La convicción en la convicción de qué debe existir una respuesta correcta se basa en la presunción de que el enigma está resuelto de antemano: el diseñador de la pregunta ya facilitó la solución mucho antes de alguien se la plantease.

Para la religión de la pregunta, las respuestas se hayan a través de un profundo ejercicio de arqueología. Para la doctrina de la pregunta no existe lo nuevo porque espera ser descubierto y, la espera, es la materialización de la intriga de… ¿de quién? Las respuestas se cruzan, entretejiendo sus raíces en los cimientos de la tierra, sosteniendo la vida que caminamos y que ya fue caminada de antemano. Pensada de antemano en la trastienda de nuestras creencias. Las raíces tejieron sus hilos y el tiempo no es más que la ilusión de quién recorre las respuestas que ya fueron pronunciadas hace tiempo. Los hilos se cruzan en telares y sus tramas dibujan la historia. La pregunta tiene un vicio por la trama.

La vida es vieja y hace tiempo que se olvidó de su vida. Es vieja porque hay que transitar la pregunta para llegar a ella y, cuando lo haces, otra se te cruza en su camino. Al final, su espera marchita porque nadie termina de llegar a ella… Hace tiempo que se olvidó de los vivos. Hace tiempo que se cansó de que la manoseasen en busca de algo más allá de sí misma y durmió para siempre. Pero la música parece escapar a las manos de los interrogantes.

En la pregunta vemos uno de los mecanismos que han propiciado el éxito humano en su medio natural. La pregunta anticipa problemas, traza la silueta de escenarios hipotéticos, permitiendo a sus usuarios ahorrarse el tiempo y el dolor de transitar vivencias innecesarias. La pregunta se perfila como una enemiga del tiempo, un mecanismo de repliegue ante la batalla contra la muerte y como una técnica de aprovechamiento del único recurso del que disponemos: el tiempo. Las preguntas, quizás, huyendo de la muerte, han trazado la hoja de ruta que ha permitido estirar la esperanza de vida de muchas personas. La longitud de las ¿vidas? ¿Es vida lo que habita entre preguntas? Las personas, las acciones, el tiempo… ¿Y la vida?

La pregunta es signo de inteligencia porque, la inteligencia es una de las capacidades que contribuyen en la resolución de problemas y la pregunta es un camino hacia las soluciones. Y de nuevo, sobre un suelo de preguntas, encontramos soluciones. ¿No huele a trampa? La pregunta esconde una señal. En el habla natural hallamos gran cantidad de expresiones que señalan el carácter arqueológico de la creencia, de la pregunta y la respuesta. Las metáforas instaladas en nuestro lenguaje, de nuevo, persuadiéndonos en la creencia de que la pregunta es una suerte de búsqueda del tesoro perdido que encontraremos en su preciso momento.

La metáfora de lo preestablecido se asienta en nuestro imaginario con una fuerza de la que jamás fue capaz, por ejemplo, la metáfora del artesano. ¿Cómo íbamos a fabricar una respuesta? Si las respuestas se fabricasen, todo el mundo podría hacerse con ellas y… ¿En qué podría terminar todo esto? Las respuestas están asociadas a la verdad, y a la verdad se la encuentra tras mucho buscarla, existe, y la ven los que tienen ojos para verla, dicen susurrando. La metáfora de la artesanía nos conduce a la libertad, pero la metáfora de arqueología nos conduce a la clarividencia. Y, no sé si se ve, pero, hay una respuesta que está clara, y que late en el fondo de todo esto.

En el fondo, muy en el fondo de nuestro lenguaje, latiendo como un sol negro que sonríe, seguimos creyendo en el destino. La verdad existe. Las preguntas y las respuestas están formuladas. El cómo han de encontrarse ya ha sido previsto hace tiempo.

Y mientras, la religión de la pregunta

se frota las manos.

Pero, ¿y si fuera la respuesta quién engendrase a la pregunta? Porque quizás quien encuentra lo que busca, es porque el que forja lo que se encuentra, fabricó también el mapa. Unos excavando hacia el destino, y otros, formalizando libertades. Dos mundos en uno solo. Pero solo uno conoce la respuesta.

Pero dime, ¿cuál era la pregunta?

Atentamente

Uno que camina

Parte dos: Los fragmentos

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

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