Domingos con Juan de Mairena (III): moral y tiempo

Mito y lenguaje

“[…] Es lo que pasa siempre: se señala un hecho; después se le acepta como una fatalidad; al fin se convierte en bandera. Si un día se descubre que el hecho no era completamente cierto, o que era totalmente falso, la bandera, más o menos descolorida, no deja de ondear”

Juan de Mairena, Antonio Machado

La impuntualidad de los protagonismos

La realidad política tiene la necesidad de situarse siempre en primer plano. Es una de las cualidades de su naturaleza. El protagonismo como cualidad y como fin. Y los fines, en política, van siempre un paso por delante de los medios.

Si con realidad política me estuviera refiriendo a esa confrontación cotidiana de puntos de vista en la que nos embarcamos con nuestros conciudadanos, la cosa tendría un pase. En este caso, estaríamos del lado de esa máxima que dice que “todo es político” y, a fin de cuentas, nuestra voz no sería más que un juicio sobre lo que nos rodea: una opinión sobre la realidad, un acto de libertad. Hasta aquí todo perfecto: todos cultivamos nuestras opiniones. El problema viene cuando con la confrontación, se persigue el mismo objetivo de siempre: el rédito, la ganancia, el adelantamiento en vía peatonal a costa del futuro de los viandantes.

En definitiva, lo de siempre, pero esta vez en un contexto algo más frágil del habitual. A los muertos no conviene abanderarlos, porque ya están muertos. A los muertos según creo, lo único que les disgustaría es que otros les sigan los pasos.

Sin embargo, cuando hablo de “la necesidad de la realidad política de resituarse en el foco”, a lo que señalo no es tanto a la defensa una determinada interpretación sobre cómo son o deben ser las cosas (libertad de pensamiento) como a la exteriorización de un determinado abanderamiento político con el fin de ganar una batalla, que está fuera de la guerra que acometemos. Vuelvo al rédito, a la atribución de méritos, a la exaltación de masas, a la movilización de sentimientos de odio o la invitación al desorden público (sugerirlo cuándo no existe, es sembrar lo que no está sembrado). En concreto: de nuevo, nos encontramos con el oportunismo de ver en el presente, la palanca para afianzar posiciones políticas en el futuro.

Inmoralidad política o política amoral

Y mi pregunta es: ¿por qué siempre se acentúa la frontera que separa lo político de lo moral? ¿Por qué patrocinar la división ideológica en un momento en el que lo que interesa es el establecimiento de una moral sólida y unificada? Moral sólida para momentos de crisis. Todos parecen de acuerdo en el seguimiento de algunas medidas de distanciamiento social, y en el evitamiento de retornos desastrosos, pero, cada palo que aguante su vela, ¿no? ¿Qué necesidad existe de politizar la voz de los empresarios, los sindicatos, cuando son instituciones que, en teoría, pueden participar activamente en la conversación social? ¿Qué necesidad existe de colorear instituciones que, a priori, representan sectores sociales y no políticos? ¿Por qué siempre es todo lo mismo?

Sé que todas las respuestas parecen evidentes (que hay sectores productores más afines a ciertos colores políticos, que hay una historicidad inevitable en el origen de algunas instituciones) pero… creo que no está de más replantearlas. La evidencia, a veces, masacra el principio de acción. Y tomar conciencia de la evidencia a veces ensancha sus grietas. Y desdibujar sus colores.

El orden de la representación

“Al hombre público, muy especialmente al político, hay que exigirle que posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la propia máscara.”

Juan de Mairena, Antonio Machado

Es evidente que, al instalarnos en un régimen de democracia representativa, la disensión ideológica de las calles debe verse representada en el foro de las instituciones públicas, pero, ¿es este el orden en el que se observa la representación? ¿Existe en las calles la disensión que vemos en el panorama político? ¿Debe fomentarse la traba, el obstaculismo y la discordia institucional por ambición de supervivencia? La discordia política es capaz de convencernos de la disfunción de lo funcional, y viceversa. ¿No conviene pararse a mirar la situación conforme a unos parámetros consensuados y mantener una postura de vigilancia al ejecutivo?

La vigilancia no es siempre sinónimo de lo bronco y, según creo, la apelación a la moral es, en momentos de una crisis como la actual, la manera de encauzar las inseguridades que parece implicar nuestro presente. Pero, insisto, ¿por qué subrayar la frontera entre lo político y lo moral? ¿Para cuándo un ejercicio de ejemplaridad? ¿Para cuándo un ejemplo de vigilancia responsable (y de autovigilancia, y de revisión de las competencias del ejecutivo) en vistas a un silencio que finja un acuerdo?

Que durante estos días el foco de la discusión vuelva a posicionarse en los representantes de las fuerzas políticas, y no en el refuerzo y respeto a las normas sociales, parece un claro reflejo de lo que sucede en muchas de nuestras plazas y calles a día de hoy: no esforzándonos en mantener una vigilancia responsable, insistimos en reforzar la discordia entre los que actúan bien y los que transgreden las normas, que al final, no deja de ser un reflejo de la realidad política en la masa social. Seguimos pensando que somos el reflejo.

Corolario

El día que consigamos que la realidad social sea quién se vea reflejada en la representación política, quizás consigamos que la solidaridad y la armonía que hemos demostrado los ciudadanos en esta cuarentena, disuelva las enemistades de las fuerzas políticas. El problema es que, a veces, erramos en pensar que nosotros somos el reflejo, pero, ¿y si ellos nos representasen?

Creo que en nuestro día a día, en nuestra conversación con el vecino con el amigo, sea cual sea su abanderamiento ideológico, encontramos más puntos de encuentro de lo que nos hace pensar nuestra representación política. Las decisiones partidistas, y esto tristemente es algo evidente (y de nuevo, que esto sea evidente muestra la naturaleza y la confianza de nuestra realidad política), buscan el rédito, la autosuficiencia y la supervivencia de las siglas. A costa y a pesar de su discurso. Con la inmoralidad a cuestas.

Repensemos el comienzo.

Atentamente,

uno que camina.

Otros artículos de la serie:

Domingos con Juan de Mairena (I)

Domingos con Juan de Mairena (II)

Domingos con Juan de Mairena (IV)

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

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