En el cerro (paisaje)

En el cerro
En el cerro (paisaje)

El camino trepando por el cerro de la parroquía: suelo enlosado en piedra tallada, pasamanos heridos por el tiempo y un horizonte de tejas. Cal en las fachadas. Una farola en el ombligo de la plaza.

El campanario corona el cerro. Un silencio se posa sobre la aldea cuando, de pronto, restalla el aleteo de las aves que la pueblan. El camino la atraviesa con su lanza y desemboca en su vientre de costado. Un juego de crisoles y de nubes refleja cristales en las laderas mientras el borboteo de un arroyo circunda la silueta del silencio. El día se escurre del rosa al ámbar sin pensar en el trayecto. Noche de cigarras.

Y en el tablero del llano

donde abanican trigales

unas cuerdas van pulsando

canciones que nadie sabe.

Diez hogares custodian la plazuela que corona el campanario. A la derecha, desde la hondura del valle, un camino asciende desde el pozo hasta la parroquia. Un rastro de matorrales señala el sendero hacia la umbría allá donde se abre un túnel: panes en el cebo de la noche. La pendiente es profunda, pero breve, y el pozo vuelve de nuevo al trigal que yace a los pies de la montaña. La llanura luce un vestido de lunares verde olivo y un vuelo de halcón rescata al trigal de sus plagas. En el camino, en la garganta del túnel, un carretero canturrea refranes de Dios sabe dónde apretando los arreos de su yegua. El carro asciende la pendiente y la noche recomienza sus quehaceres. Chirría un eco de ruedas.

Y el que viene de lo lejos

que se quede lo que trajo.

Pues lo que allí no tomaron,

tampoco aquí lo querremos.

Y un tañido de campanas extiende su sobreaviso. Los pocos que regresan a sus casas, desandan sus pasos para sentarse sobre la piedra. El traqueteo se acerca y un graznido de regreso presenta su canción al atardecer: las aves siempre regresan. Jirones de lilas y azucenas espejean un ajuar de estrellas, y la noche desnuda su luna. Todos se reunen en la plaza y los matorrales esconden sus inocencias: hace ya que las perdieron. El carretero afina las cuerdas y la yegua asciende con paciencia incontestable. Dos niños se aproximan y, al desmontar, el forastero apacigua su montura con una caricia en las crines. Un rebuzno libera dos carcajadas y, en leve paso, las historias deshielan su cadencia.

La lavanda y los olivares prestan a la voz una fragancia sin nostalgia. Hace mucho que las buenas nuevas son escasas. Breves eran ya las pocas marchas. Y allí, en la plaza, todos se colman de rumores. La luz que prende en la farola se encorva atenta, tomando notas. Caen y callan las campanas, y en la plaza, brotan horas nuevas. Su voz anida en matorrales, incubando sus futuras inocencias. A lo lejos, orillas de viñas verdes y almendrales con música rosean las arenas.

Viene el que un día se fuera

para plantar sus historias.

Y al cosechar su regreso

devuelve su fruto a la siembra.

Hoy solo afina su marcha

el que destempló las cuerdas.

Vuelve el que un día marchara.

Vuelve y… airea la tierra.

Y el carretero miró a sus cigarras y confirmó cada cuento y leyenda. El cuerpo ocupa la plaza. Y a la causa de su marcha, regresa.

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El cabo

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

3 comentarios en “En el cerro (paisaje)”

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