La altura

La altura

Escalar no te hizo ave. Trepar la roca no te acercará al aire, ni a la luna, ni a la altura. Tu corazón quedó reo de la tierra.

Escalar nunca fue cosa de aves. Las aves navegan. Y por más que se aventure el perro a las alturas, siempre pertenecerá a los charcos y a su cieno. Porque su corazón, canción de huesos, sólo sabe a roca seca y polvo y tierra.

Por más que arañe la roca y le ladre a su sombra, no hallará consuelo, porque no hay lugar para la gramática del aire en el granito de sus huesos.

Vuelvo, tras mis huellas, sin manada, a olisquear un breve réquiem de escaladas, coleccionando fragmentos de esqueleto, por si pudiera construirme nuevas alas con los restos del crujir de mis caídas.

Pero no. Por más que trepes, perro, jamás podrás ser ave. Tu olfato no aspira a las estrellas. Por alto que mires y aúlles a tu luna, siempre quedarás lejos: y es que la lengua del astro no es bienvenida entre fieras. Hay voces que nunca se cruzan. La altura, piel de huesos, jamás fue asunto de esas cumbres a las que tus patas se afanan en encaramarse.

La altura, pardo perro, siempre la dieron las alas, y escalar no te dará una canción de plumas.

Y no entretengas a los vientos con tus bromas. Tu corazón siempre será de roca y tierra.


Atentamente,
Uno que camina

Las preguntas (I)

Uno. Las preguntas.

Está lloviendo, y acabo de darme cuenta.

Las preguntas. Los fragmentos. La cosecha.

Las preguntas

Las preguntas siempre se anticipan a mis pasos. Siempre hay ruido. Parece raro, pero, creo que nunca me he acercado a algo sin preguntarme antes acerca de su naturaleza. Y es raro pero, cuando pasa, pronto han acudido a mi las preguntas, inquietas, como un crío al que no le prestan atención. Las pocas cosas que se me han presentado de sorpresa siempre han tenido que ver con la música e incluso a estas suelo escrutarlas al desvanecerse.

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Repetición

Repetición

Cada mañana, al levantarme, rezo porque no suceda. Pero insiste.

A través de las ventanas se filtra una luz cansada de rendirse a mis plegarias. Era martes, y de pronto, todo decidía ser lo mismo. La música del campanario despegaba su rutina, y en mis sienes renacía algún incendio. ¿Por qué regresan los ojos que no miran?

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