Salmo en vigilia de sábado

Salmo en vigilia de sábado

Las llamas arañan sin el calor de su presencia. Sobre la pared se proyectan sombras. Los minutos nos hacen como ellas.

Las uñas dañan.
El fuego arde.
La noche, larga.
Las voces pesan.

            En el anonimato de la noche, las flechas atraviesan nuestros labios para clavársenos en los corazones. Espalda con espalda, lo más puro se olvida con veneno y las fronteras ponen tierra de por medio. Las sombras son tan sólidas como las paredes. Los minutos nos esconden entre ellas.

Las uñas dañan.
El fuego arde.
La noche, larga.
Las voces pesan.

            En la primera hora de luz, o la segunda, la noche se resiste tras una cortina de polvo que cae como un trueno a medias. La lava brota de las gargantas. El pecho arde, y presas del calvario que viene, las voces, vencidas por el sino de su peso, quiebran.

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La voz (paisaje)

La voz y el canto

A veces sueño con que canto en la vereda. Sueño que canto sin voz, la que no tuve, con las alas de mi ángel cubriéndome la silueta y con un freno sobre el tiempo y sobre el cuerpo de las cosas. Recostándome en los márgenes de todo. A veces sueño con que no hay nada más que un suelo infinito de piedras irregulares y que la espuma del mosto se derrama en vasos de cal pringando de risa la silueta de las cosas. Cómo se habita una casa. Sueño con ese perfume de alacena cerrada liberando su densa espera sin prisa sobre mi olfato. Como quien narra una historia sin trama. Como el que muestra con un gesto un paisaje. Como quien se tiende y no aguarda a nada. A veces sueño con tanto, pero… ¿qué hay tatuada en la espalda de los sueños?

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