Cartas encontradas (III): verborrea

Cartas encontradas (III)

No voy a entretenerme demasiado en presentar este fragmento, porque creo que habla por sí mismo. Una de las cosas que más me ilusionó al encontrar estas cartas fue la de estar frente a una colección de fragmentos que conectaban cientos de universos con su propia historia y con una intención en común: la de contar algo a alguien. Para mí eran como el ojo de una cerradura desde el que podía asomarme a las preocupaciones y banalidades que interpelaban a sus protagonistas. Sin embargo, la realidad desilusiona y, cuando sorprende, no siempre trae una sonrisa consigo. Hay veces que te preguntas, ¿hasta qué punto no he empleado media hora de mi vida en acicalarme para bañarme en basura? Cuando te haces la pregunta, normalmente, llegas tarde. Quizás luego repienses, asientas para tus adentros y extraigas una enseñanza, consideres los beneficios invisibles y no inmediatos que obtuviste del momento y lo insertes en un contexto de narración más amplia que haga que el total de la historia cobre más sentido precisamente gracias a ese instante. En cualquier caso, el maquillaje no erradica los desastres, aunque ponga el ojo en otra parte, ni el ruido puede convertirse en sinfonía. Intentarlo es pretender ocultar la injusticia con pintura, y eso no conduce a nada bueno.

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