Trono (Ángeles y Condenas)

Trono (Ángeles y Condenas)

Entre matorrales crezco.
Bajo almendros me abandono.
Y sobre un techo de inquietudes,
dormitando, me acomodo.
La plata azul de la luna
enjuga el olor del otoño,
y miles de estrellas negras
me han concedido su trono.

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Salmo en vigilia de sábado

Salmo en vigilia de sábado

Las llamas arañan sin el calor de su presencia. Sobre la pared se proyectan sombras. Los minutos nos hacen como ellas.

Las uñas dañan.
El fuego arde.
La noche, larga.
Las voces pesan.

            En el anonimato de la noche, las flechas atraviesan nuestros labios para clavársenos en los corazones. Espalda con espalda, lo más puro se olvida con veneno y las fronteras ponen tierra de por medio. Las sombras son tan sólidas como las paredes. Los minutos nos esconden entre ellas.

Las uñas dañan.
El fuego arde.
La noche, larga.
Las voces pesan.

            En la primera hora de luz, o la segunda, la noche se resiste tras una cortina de polvo que cae como un trueno a medias. La lava brota de las gargantas. El pecho arde, y presas del calvario que viene, las voces, vencidas por el sino de su peso, quiebran.

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El reverso del nombre

El reverso del nombre

Hay veces que el mar queda. La fe en el mar es, probablemente, la confesión más practicable. ¿Cómo no iba a serlo? Es difícil no ceder a los meandros de su embrujo: su rítmico, constante alzarse y descender nos susurra una verdad profundamente indemostrable. A pesar del oleaje, todo permanece estático. Inmóvil. ¿Cuál es ese deseo que late en el fondo del océano?

            Hay veces que el mar queda, pero yo, hoy, encadenado a mi condición de tripulante del desierto, me proclamo líder del oleaje que desconfía de su eternidad preconcebida. Yo, ancla dormida en la cofa, máximo temedor de lo insondable, me declaro en guerra contra todos los que creen que el mar es siempre el mismo, aunque sus aguas evaporen. No hay mayor polimorfo que el océano. Él me lo ha dicho. Lo he leído en el reverso de su nombre: con cada ola… ni yo mismo soy capaz de reconocerme. ¿Cómo defenderme de mi mismo si mis manos son de otro? Llora. Llora y con cada lágrima…

            Hay veces que el mar queda, y es más por azar que por afán de constancia. ¿Quién, dime, quién orquesta lo que no se presta al des-olvido? Probablemente, un temor revestido de deseo. He prometido no moverme de mi duna hasta que todos los que creen en que el mar queda me juren no volver a equivocarse. Ya no sé cómo decirlo: lo he leído en el reverso de su nombre. Con cada letra… ¿Cómo terminar con su lectura? Y, sin embargo, siempre contra él, todos contra el mar, ellos con el mar, y yo, le miro y sabiendo que se marcha, lo retengo en la mirada y lo imagino frente a mí, como un titán al que debo derrocar, cuando solo en el espejo de su forma se contrae sin remedio en mis palabras. Aguarda:

            Yo soy quien lo sostengo.

            Hay veces que el mar queda. Y si queda es porque el mar se ha dormido en el poso de mi rabia y, sabiendo que no existe, yo mismo lo cuido y lo conservo. Mi fe en el mar es, probablemente, impracticable. Pero yo, anclado en la cofa del desierto, he echado el ancla y he prometido doblegar a los que duden de la existencia del motivo de mi lucha. ¿Están ciegos o se inclinan a su embrujo?

            Hay veces que el mar queda. Cómo no quedarse. A pesar del oleaje, del más grande enemigo del mar que es el oleaje, ese maldito que transforma el tamaño de sus letras y desordena sus cadencias, queda. Su superficie varia como la nota de melodía que no acaba. Él se filtra por el hueco de su nombre para dañarlo con su ruido, con su vaivén constante, con su canción y con letras, como una oración eterna, desde dentro… hacia fuera.

            Hay veces que el mar queda. Mi cofa se ha desarmado y me he declarado hecho póstumo. Mis ojos se han perdido y ya no hay mar a la vista. Lo he visto en el reverso de su nombre. Pensé que no hay mar en el mar, solo oleaje, y enfrentándome a él me enterré bajo su espuma. No hay mar. Solo oleaje, cruel y atroz oleaje, calamidad de las olas. El caos, y la letra es ilegible. Y ahora, después del vendaval, después de la lucha, la gloria y el desastre. Ahora… ¿Cuál es el deseo que late en el fondo del océano?

Atentamente, uno que camina

Inocencia (Ángeles y condenas)

Inocencia

La luz se asoma
y por el ventanal
dibuja la silueta de tus dedos:
hoja de higuera
y manantial de marfil
cubriendo suavemente
el perfil
de mi desvergüenza.
Allí, en paraísos sin fin,
huyendo de toda conciencia.

*Poema incluído en mi poemario “Ángeles y Condenas”. Este es el 5º de los caprichos de la obra. Aquí os dejo la puerta:

Otros poemas de Ángeles y Condenas:

Himno: https://angelesycondenas.wordpress.com/2020/08/12/himno-angeles-y-condenas-2/

Condena: https://angelesycondenas.wordpress.com/2020/08/04/condena-angeles-y-condenas-2/

Para ti robé: https://angelesycondenas.wordpress.com/2020/07/27/para-ti-robe-angeles-y-condenas/

Atentamente

Uno que camina

Voz de acuarela (I)

Voz de acuarela (I)

Del cruce de paletas
que los colores prestan
a la deriva y los mares
brotan distintos navíos.
Quietos, amables, constantes.

Brotan a la merced
de la brocha del capricho,
pero en ninguna otra parte.
Tenues, rebrotan del agua
y roban sus tonos vivaces
del vientre de quien los pinta.

Lo fugaz se torna necesario
ante el cruce de pinceles en las olas.
Un grumo de permanencia del instante.
Como un abanico de flores
en una pared de retales
donde se cruzan colores
para el deseo de alguien.

La obra sigue su curso
a la espera que el tiempo seque
y sea otra capa quien hable.
Los barcos cabecean en el blanco.
Parados. Perennes instantes.

Mares de miles de tonos anclados en viajes dispares.

Antonio Navarro Vázquez


Otros poemas inéditos en el blog:

Cuál es: https://angelesycondenas.wordpress.com/2020/07/09/cual-es/

Lluvia y sueño: https://angelesycondenas.wordpress.com/2020/08/10/lluvia-y-sueno-san-lorenzo/

Nada: https://angelesycondenas.wordpress.com/2020/09/14/nada-hay/

Atentamente,

uno que camina.