El reverso del nombre

El reverso del nombre

Hay veces que el mar queda. La fe en el mar es, probablemente, la confesión más practicable. ¿Cómo no iba a serlo? Es difícil no ceder a los meandros de su embrujo: su rítmico, constante alzarse y descender nos susurra una verdad profundamente indemostrable. A pesar del oleaje, todo permanece estático. Inmóvil. ¿Cuál es ese deseo que late en el fondo del océano?

            Hay veces que el mar queda, pero yo, hoy, encadenado a mi condición de tripulante del desierto, me proclamo líder del oleaje que desconfía de su eternidad preconcebida. Yo, ancla dormida en la cofa, máximo temedor de lo insondable, me declaro en guerra contra todos los que creen que el mar es siempre el mismo, aunque sus aguas evaporen. No hay mayor polimorfo que el océano. Él me lo ha dicho. Lo he leído en el reverso de su nombre: con cada ola… ni yo mismo soy capaz de reconocerme. ¿Cómo defenderme de mi mismo si mis manos son de otro? Llora. Llora y con cada lágrima…

            Hay veces que el mar queda, y es más por azar que por afán de constancia. ¿Quién, dime, quién orquesta lo que no se presta al des-olvido? Probablemente, un temor revestido de deseo. He prometido no moverme de mi duna hasta que todos los que creen en que el mar queda me juren no volver a equivocarse. Ya no sé cómo decirlo: lo he leído en el reverso de su nombre. Con cada letra… ¿Cómo terminar con su lectura? Y, sin embargo, siempre contra él, todos contra el mar, ellos con el mar, y yo, le miro y sabiendo que se marcha, lo retengo en la mirada y lo imagino frente a mí, como un titán al que debo derrocar, cuando solo en el espejo de su forma se contrae sin remedio en mis palabras. Aguarda:

            Yo soy quien lo sostengo.

            Hay veces que el mar queda. Y si queda es porque el mar se ha dormido en el poso de mi rabia y, sabiendo que no existe, yo mismo lo cuido y lo conservo. Mi fe en el mar es, probablemente, impracticable. Pero yo, anclado en la cofa del desierto, he echado el ancla y he prometido doblegar a los que duden de la existencia del motivo de mi lucha. ¿Están ciegos o se inclinan a su embrujo?

            Hay veces que el mar queda. Cómo no quedarse. A pesar del oleaje, del más grande enemigo del mar que es el oleaje, ese maldito que transforma el tamaño de sus letras y desordena sus cadencias, queda. Su superficie varia como la nota de melodía que no acaba. Él se filtra por el hueco de su nombre para dañarlo con su ruido, con su vaivén constante, con su canción y con letras, como una oración eterna, desde dentro… hacia fuera.

            Hay veces que el mar queda. Mi cofa se ha desarmado y me he declarado hecho póstumo. Mis ojos se han perdido y ya no hay mar a la vista. Lo he visto en el reverso de su nombre. Pensé que no hay mar en el mar, solo oleaje, y enfrentándome a él me enterré bajo su espuma. No hay mar. Solo oleaje, cruel y atroz oleaje, calamidad de las olas. El caos, y la letra es ilegible. Y ahora, después del vendaval, después de la lucha, la gloria y el desastre. Ahora… ¿Cuál es el deseo que late en el fondo del océano?

Atentamente, uno que camina

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

6 comentarios en “El reverso del nombre”

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