No hay paz

No hay paz

La paz es un latido frágil, tenue. Su orilla se abre suave, trazando una curva dulce entre el pronunciado mordisco de dos cabos de piedra. Su ubicación es exacta, perfecta, y le gusta camuflarse ante los mapas: nadie que la busque la encuentra a menos que ella quiera. Es un corzo sobre el manto de la arena descansando de las sombras del bosque. Es terciopelo, como el suspiro de la fuga de una estrella.

La paz no es una ausencia. La paz no es una idea que brote del contraste con la guerra. La paz es un lugar con su silueta y tiene un rostro, o varios y duerme sola en un rincón de nuestra alma. Aunque, por supuesto, también tiene su lugar en el mundo. Un lugar escaso, pero propio.

Yo la he visto caminar de la mano de un bastón sobre las piedras de la plaza, enfilando la única avenida del pueblo con la ilusión de que todo se conserve como estaba. La he visto, a las puertas del teatro, vestida de gris y de blanco, esperando a sus hijos en silencio, orgullosa, después del triunfo final del esfuerzo. La he visto colgar de una medalla que no brilla, en un paso que no anda y en dos sucias zapatillas. A la paz la sacan a pasear los que lloran con los bolsillos vacíos y las sonrisas llenas de esperanza cuando su vientre está repleto. ¿Hay mayor paz que esa? La paz no es una paloma, porque la paz no vuela: la paz está en el vino, y en las fuentes, y en la sangre que no corre, y en las lágrimas que saltan, y en la risa que se canta. La paz existe, aunque se resista a quedarse. La paz no es una ausencia.

El problema de que la paz rehúya el mapa es lo complicado que resulta regresar a su seno. La búsqueda se convierte en un éxodo, en un interminable camino de regreso hasta ese punto originario del que parte todo y en el que despierta el primer parpadeo de nuestra brisa. Y entonces lo evidente se nos escurre de los dedos. El retorno a lo utérico. El camino al imposible. La paz es un latido frágil, pero nunca estéril: la paz es barbecho fértil a la merced de un clima al que pronto le arrebatará el protagonismo.

Dicen de la paz que, en realidad, no es más que un indicio de un conflicto futuro. Pero quien habla así de la paz no habla de la paz, sino del cambio, y aunque la paz no es enemiga del cambio, el cambio es algo que termina con la paz. Y, sin embargo, la paz se posa sobre la memoria, edifica nuestro primer recuerdo, y sondea las cavernas de todo en busca de un instante al que eternizar con su bautismo. La paz es líquida, y como tal, se adapta a su recipiente y adopta a su contenido, pero, ¿no es fácil también que se evapore?

La paz tiene su orilla. Allí, entre los riscos, arropada por un bosque de inocencia (donde nunca se acordaban de las luces porque todo era el brillo de una estrella). Sobre ella duermen las preguntas, asienten las respuestas, prolifera el cariño y, probablemente, se siembren malas hierbas. Y aunque el tiempo se empeñe hay algo de la paz que jamás podrán arrebatarnos y es nuestro deseo de ella. Todo deseo es deseo de paz: desata un nudo, inicia un cortafuego, reclama una victoria, se acaba un enemigo… Aunque implique el conflicto. Aunque implique la guerra. En cada deseo, se persigue la calma de un estanque que hace tiempo que olvidamos. En la paz uno está solo cuando no sabe estar acompañado, aunque el deseo incluyera algo externo. Le arrebatamos al mundo el lecho en el que queremos descansar por amor a nosotros mismos.

Y la pregunta es: si le diéramos ese lugar al mundo, ¿cuál sería el resultado?

Existiría un camino, un lugar en el mapa, una puerta de acceso y, quizás, el primer latido del pasado en el próximo suspiro del futuro. El retorno a lo utérico del mundo. Quizás el mundo no cambiase y quizás ya tenga su lugar aquí no seamos capaces de verlo, pero… ¿qué problema habría en olvidar la mentira de que la paz es un indicio? ¿Empezaría a hablar por ella misma?

Atentamente

Uno que camina

*Foto tomada en las preciosas calles de Santillana del Mar, por Arena.

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

5 comentarios en “No hay paz”

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