Cartas encontradas (III): verborrea

Cartas encontradas (III)

No voy a entretenerme demasiado en presentar este fragmento, porque creo que habla por sí mismo. Una de las cosas que más me ilusionó al encontrar estas cartas fue la de estar frente a una colección de fragmentos que conectaban cientos de universos con su propia historia y con una intención en común: la de contar algo a alguien. Para mí eran como el ojo de una cerradura desde el que podía asomarme a las preocupaciones y banalidades que interpelaban a sus protagonistas. Sin embargo, la realidad desilusiona y, cuando sorprende, no siempre trae una sonrisa consigo. Hay veces que te preguntas, ¿hasta qué punto no he empleado media hora de mi vida en acicalarme para bañarme en basura? Cuando te haces la pregunta, normalmente, llegas tarde. Quizás luego repienses, asientas para tus adentros y extraigas una enseñanza, consideres los beneficios invisibles y no inmediatos que obtuviste del momento y lo insertes en un contexto de narración más amplia que haga que el total de la historia cobre más sentido precisamente gracias a ese instante. En cualquier caso, el maquillaje no erradica los desastres, aunque ponga el ojo en otra parte, ni el ruido puede convertirse en sinfonía. Intentarlo es pretender ocultar la injusticia con pintura, y eso no conduce a nada bueno.

A la siguiente carta la llamé Verborrea (que debe ser algo vírico por todo lo dicho hace un minuto), y la verdad es que cuando uno encuentra una virtud en una historia, a veces la encuentra en la forma en la que no se encuentra historia alguna que contar. Entonces se acumulan las palabras. Os aseguro que no tiene nada de bueno. Os dejo con ella.

Verborrea

Jose,

Están por toda la isla. Se hacen llamar el Sendero de la Corrección y lo realmente difícil es identificarlos. Visten como personas al uso, sin prendas especialmente llamativas ni seña alguna de identidad. Tampoco es que se relacionen de forma muy característica: se expresan con normalidad, conservan los tonos y modos del habla corriente, nunca desentonan y, si se vieran en la fea situación de tener que hacerlo, hasta te reprenden con naturalidad. No hay nada que te haga sospechar un instante de quien son quien dicen ser. El Sendero de la Corrección. Uno se queda de piedra.

Bueno, y me dirías, quiénes son. Bien, tendría que aclarar la garganta, claro, pues probablemente, no tendría demasiado que contestarte. Se oiría el silbido de un coche pasando por la ventana y después volvería el zumbido del silencio típico de las ciudades. Y entonces, por qué los mencionas, agregarías. Esta pregunta, por supuesto, la harías por una mera cuestión de sentido. No hay que dejar de reivindicar el sentido por el cual se dicen las cosas. Esto sería un caos si no. Todo el mundo formularía esta pregunta. Además, es de recibo que cuando a uno le hablan de algo o bien tenga que ver con algo que se ha dicho antes, o bien nos sirva para explicar las causas de algo que viene al caso. Aunque bueno, quien sabe, quizás nos lo cuenten por puro amor a lo anecdótico. No sé, la razón, desde luego, puede ser la que sea, pero alguna debe de haber, por pequeña y miserable que parezca en un principio. Lo que uno no puede hacer nunca, y nunca debería hacerse pues esto atentaría contra los pilares básicos de toda conversación, es hablar de algo y, de pronto, dejar de hablar de ello. Algún sentido tendrá que se ponga sobre la mesa, dirías.

Quizás, hasta hicieras el trabajo de tratar de buscar un cabo al que atar la cuerda huérfana de ese maldito comentario desprovisto en un principio de razón de ser, y forzar su encaje por eso de no dejarme colgado. Puede que habláramos de aquello el otro día y no lo esté recordando, pensarías en segundo término; o, rindiendo tus esfuerzos al cansancio y entregándome disconforme a un pozo de sinsentido, sentenciarías: no sé, quizás no hayas dormido lo suficiente. En cualquier caso, por supuesto, te debería una explicación. Al fin y al cabo, era lo único que buscabas. Bueno, mejor dicho: es lo único que te he habría obligado a buscar porque, antes de mencionar a ningún Sendero, tú ni buscabas, ni encontrabas ni dejabas de encontrar nada relacionado con ningún maldito sendero. Tú disfrutabas de tu tranquilidad y yo simplemente me he dedicado a bombardearla con la trágica futilidad de mi comentario. Qué demonios está pasando aquí.

Es qué ahora hablas por hablar, es eso no, sospecharías. Quieres terminar con la posibilidad de que nos entendamos entre nosotros, preguntarías con enfado. No es eso, te diría, pero sé qué de nuevo, alegarías que uno no puede pronunciar en voz alta hechos arbitrarios, como el que enumera todos y cada uno de los átomos que conforma el lienzo del caos, porque uno tiene la irrenunciable responsabilidad de salvaguardar los antiguos preceptos que gobiernan toda conversación: hablar con sentido. Y claro, esto tendría todo el sentido. Pero de nuevo, no tendría mucho que decirte. Comenzarías a apodarme con nombres como terrorista de la palabra, incendiario verbal, comerciante de sentidos y hasta empezarías a vincularme con esos nihilistas irresponsables que siembran frases ciegas en las mentes de los demás, para luego cosechar desilusión e incertidumbre. Dirías que contribuyo al aumento de la inflación semántica. En fin. Todo esto podría ser cierto, pero creo que está más cerca del drama que del realismo descriptivo con el que solemos representar nuestras conversaciones. Si uno veranea en los extremos, o lo calcina el sol o se coge un resfriado. O algo peor. Seamos realistas, por favor, es lo único que pido.

Bueno, me requieren en la oficina. Quizás el próximo día te hable de la gente del Sendero, gente, por otro lado, realmente interesante y de la que tendríamos mucho que aprender. Deberíamos encarrilar mejor nuestras futuras conversaciones. Entretenerse en el camino puede estar bien si uno aprecia los paisajes, pero a veces hay que alcanzar alguna meta, o no. Caminar con un propósito y esas cosas. En cualquier caso, espero que no nos entretengamos mucho en la próxima ocasión porque no tengo tiempo para andar perdiendo el tiempo. Siento la redundancia. Piénsalo.

Un breve saludo.

Otros enlaces:

Carta encontradas (I): el mentiroso

Cartas encontradas (II): quién busca

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

Un comentario en “Cartas encontradas (III): verborrea”

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