El cabo (paisaje)

El cabo (paisaje)

El cabo (paisaje)

Cabo de San Juan de la Canal (Liencres, Cantabria)

Desde las cabañas, con el mar del norte al costado de las lomas, se oye retirarse a las aguas, incansables, con un botín de piedra y de facciones. Practica la escultura inversa. El oleaje persevera golpeando, tallando, corrigiendo la identidad de las rocas, mientras sus rostros se abandonan a la sal de la indiferencia. Así quedarán ellas cuando les priven todo de sus grietas, de sus cicatrices, de sus aristas: indiferentes. Con el tiempo, las rocas se resignan y quedan lisas, mudas, como aquellos que contemplan su lucha desde la orilla. De vez en cuando, una procesión de luces atraviesa con calma esa frontera que separa a las olas de los vientos brindándonos, por si acaso, un motivo para cruzar nuestras palabras.

Tiene por nombre, me dicen,

todos los que ya ha robado,

aunque en la orilla los deje

cuando su letra ha gastado.

Los riscos emergen codiciosos, como colmillos sobre la lámina marina. Algún día pretendieron dominar un imposible. ¿Quién puede frenar el hambre de las mareas? Una interrupción exacta, como una arruga en un rostro inflexible retando a la mayor de sus derrotas. ¿Quién puede frenar el ritmo de las mareas? Los riscos… no. Se contraen e imponen con timidez, a la merced de lo más infinito que hay sobre la tierra, mientras determinan si ellos no serán también el suelo mismo sobre el que se sostienen. La diferencia es del tiempo. ¿Y cómo mira la arena de la orilla a la roca que fue y sabe que se hermanará con ella? El risco. Su silueta mide el ímpetu del océano como cada tarde. La ira es blanca, y si se recoge lenta es porque trae una cólera joven con ella que promete más que quien la precede. La orilla se consuela con haber terminado su trabajo: hace tiempo que el mar no la golpea. Ahora es su lecho, su descanso. Ve el ir y el venir de las mareas. Como nosotros.

Arrastra, por costumbre arrastra.

Rompe, por deber él rompe.

Roba, por codicia él roba.

Norte, nunca tuvo un norte.

A la derecha se agota el cabo y a la izquierda se curva una orilla abrupta en un solo trazo, de dunas suaves, cerrándose de nuevo en otro cabo con la rapidez de un capricho asustadizo. El equilibrio se sostiene en el frágil esmero que verdea las colinas. Cae deslizándose la noche. Chicharras. La brisa oleando. La sal del mar esculpe con perseverancia el silencio que acalla las heridas. Si no existe cicatriz, no existe el daño, piensa. Chicharras. La Luna de mi lado, conmigo. Silencio. Cogemos las cosas.

Rapta las caras el tiempo

y encoge la carne la tierra.

La orilla del mar, un sepulcro,

del rostro de todas las piedras.

Y ahora, las cabañas están frente a mí, ajenas al dónde estoy, como una interrupción exacta alzándose en la medianidad de la costumbre. De nuevo, el risco arranca codicioso la lisura de lámina recta. Las cabañas son el risco y el mar parece un mórbido minutero obstinado en reducir en serrín hasta los escombros del recuerdo. Las cabañas. El risco. Y el mar de nuevo arrancando impasible el rostro de las cosas, como quien sabe cómo acaba la batalla.

Como quién se compadece del que sueña con vencerse, aunque sea otro el que venga de verdugo.

Atentamente,

uno que camina

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Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

3 comentarios en “El cabo (paisaje)”

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