Cartas encontradas (II): quién busca

Cartas encontradas (II)

Hay cosas que llaman la atención porque alguien pone el dedo sobre ellas. Otras, porque a veces, la suerte guiña un ojo y una lágrima de luz pues, las hace visibles donde todos eran medianoche. Algunas veces, el trabajo premia los esfuerzos y otras, los castiga. Creo que he visto a los callos de las manos estrangular a sus ansias de éxitos con el grito del que tiene prisa, convirtiendo todas sus posibilidades en un perfecto e incuestionable cero a la derecha. En definitiva: pueden pasar muchas cosas que hagan que otras llamen la atención por encima de las demás, y tampoco tiene sentido que uno se pierda en enumerarlas todas. O sí. Reconozco que está carta que hoy transcribo, me llamó la atención porque estaba sobre el techo de un contenedor de basura el día más caluroso del verano. La llamé la carta del que busca, y su subtítulo podía haber sido perfectamente y a saber lo que se encuentra, aunque quizás no lograsemos llegar a un acuerdo, claro. A mí me llamó la atención, la verdad, a ver que os dice a vosotros.

Del que busca

A mi:

No hace tanto, caminaba cada tarde hacia la estación de la universidad para coger el tren de vuelta a casa. Solía escuchar algo de blues. En mis primeros cursos, me matriculé en el turno de mañana y solía emplear mis tardes en husmear tras libros viejos en la biblioteca, o cambiar impresiones con mis compañeros de carrera. Era un entorno nuevo, y agradable, y aquel lugar me proporcionaba una calma que corría suave y lenta, sin fisuras. Me gustaba ver pasar el día a través de la cristalera de los edificios, sin prestarle demasiada atención a los relojes. Por aquel entonces, no tenía yo la costumbre de vigilar el bienestar de la pantalla de mi móvil a cada minuto, por lo que el tiempo se escurría silencioso, a la merced de la calma o por la prisa.

Creo que fue al entrar en la universidad cuando empecé a cuidarme de ciertas… inquietudes. Nunca me previne bien de ellas. Predecir sería entregarle a la verdad un poder que el futuro no pretende cederle por el momento. El presente siempre lo persigue mientras este intercambia su cuerpo con travesuras y expectativas. Solo sugiere su existencia, y su conservación depende única y exclusivamente de alejarse continuamente de la verdad. No hay cosa que el futuro aborrezca más que el aspecto de los hechos en bruto. ¿Qué quedaría de él si se consumase como ellos? El caso. Aquel año, llegaron a mis manos unos libros que me obligaron a repensar muchas de mis costumbres expresivas. Oscar Wilde, Charles Baudelaire y Alejandra Pizarnik… Una mente ágil no tiene por qué ser una mente hábil, y eso empezó a quedarme claro al darme contra más de una pared al conversar con algunos de mis nuevos compañeros.  En realidad, fue un poco antes, al acabar el instituto y entrar en el bachillerato, cuando me arranqué a ensayar mi verdad contra el mundo sin pronóstico alguno de victoria. Uno de los puntos ciegos de la historia quizá sea el de soñar con cazar al futuro, y olvidar que es el pasado su parcela. Quizás por eso la historia hable de los hechos. Pero fue allí donde prendí la mecha de la forma, y esto, me conducía inevitablemente en pos de eso que muchos llamaron belleza.

Aun me recuerdo en uno de esos viajes de vuelta a casa, a punto de entrar a la estación Chamartín, con el atardecer a mi izquierda bañándome de ámbar el cogote mientras esbozaba ideas en la tapa de un cuaderno para trampear una definición sobre la belleza. De esto hace ya cinco años, y pensándolo, no entiendo como lo hacía para entrar en el tren justo cuando atardecía, fuera la época del año que fuera. Me fascinaba ver ponerse el sol desde el cristal del último vagón del tren, y luego, caminar todo el andén a lo largo estación. Era como anticipase solemnemente a nada. Como si te regalasen un poema. Solía escuchar algo de blues, también, aunque creo que eso ya lo he dicho.

Apenas recuerdo lo anotado en ese cuaderno, y por más que lo pienso, solo consigo atrapar un cabo de aquella desordenada red de ideas en decadencia. Esta decía algo así como que la belleza es el camino que atraviesa uno cuando va tras de sí mismo mientras busca la belleza. Una petición de principio de campeonato trampeada en un alarde de retórica vacía que, sin embargo, se solapaba perfectamente con la idea de la belleza como una huida del presente, como un inalcanzable solo disponible y al alcance del futuro. La belleza como un norte, como un ideal regulativo. Aún recuerdo como sonreía al escribir en la tapa del cuaderno. Y, a pesar de todo, algo dentro de mí sitúa al recordarlo una estrellita verde sobre aquellas sombrías palabras. Siempre las percibí como un delirio, pero ahora pienso que más de un río de luz podría estar de acuerdo con ellas. Cuando desemboca en un sol atardeciendo, claro está. Una estrellita de color verde futuro.

Y ahora, después de tres años que no pongo el pie en esas estaciones, puede que las vea de nuevo. O puede que las piense desde casa. Trataré de desenredar un hilo más de mis recuerdos en busca de un poco más de aquella idea. Mientras tanto, seguiré enhebrando agujas.

Atentamente (reservada la identidad del nombre).

Cartas encontradas (I): el mentiroso.

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

5 comentarios en “Cartas encontradas (II): quién busca”

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