Cartas encontradas (I) El mentiroso

Cartas encontradas

Cartas encontradas (I)

Hace unos meses llegaron a mis manos unas cartas bastante extrañas. Quizás, decir que llegaron es algo presuntuoso. En realidad, fui yo el que las encontró en una pila desordenada sobre un cubo de basura y fue a mí al que venció la tentación de hacerlas mías. Ellas son, por descontado, absolutamente inocentes. En este punto, me gustaría saber quién hubiera sido capaz de reprimir el impulso aún a sabiendas de que se hubiera librado para siempre de que lo acusaran de ladrón, de intruso, y lo reprendieran con el argumento de privarle para siempre al olvido las palabras que su contenedor de desechos tenía previsto regalarle. Quizás decir que mis manos llegaron a las cartas haga más honor a la justicia, pero desde luego, que el sonido es quien dicta la frase.

Si algo llamó mi atención de estas cartas es algo que aquí no podréis valorar: su caligrafía. A excepción de unas pocas que sí que comparten los desórdenes genuinos del alma que los traza, cada una hinca la rodilla a su tirano particular, con sus propias creencias sobre el tamaño y las proporciones ideales a las que someterse para siempre. Pero, si pertenecían a motivos y personas diferentes, ¿por qué yacían todas juntas, como testigos y cómplices de un mismo crimen, sobre el techo de aquel contenedor?

Puede que alguien, en un arrebato de ira, hubiese querido deshacerse de toda su correspondencia. La ira lo justifica todo para el que la práctica. O puede que un coleccionista de imprenta, amante de las diferencias con que el espíritu humano sella su temperamento sobre el papel y, sobre todo, alguien muy amante de los originales, hubiera decidido, empujado por el perfeccionismo de su obra, purificar su colección purgando los ejemplares menos afortunados. Esto era del todo plausible, pues la calidad de alguna de las cartas deja bastante que desear. O quizás, una última tesis sea la verdadera: puede que un funcionario de correos, cansado de sus quehaceres matutinos, estuviera eludiendo irresponsablemente las normas del antiquísimo código de mensajería, privando para siempre a los destinatarios de la respuesta a sus pasiones amorosas, sus líneas crediticias, o desu fe en futuras admisiones laborales. Quién sabe.

Finalmente, os dejo con la primera de las cartas que llamó mi atención. Yo la llamé el ensayo de un mentiroso porque de alguien así no me cabría esperar nada bueno. Mucha curva para un fin más que cercano, quizás. Nunca supe atrapar del todo su significado, pero no me decía nada bueno.

El mentiroso

Amiga:

Hoy te ensayo mis deseos.

Curvar la palabra hasta que el beso de sus vértices gima un infinito de sentidos por amor al vértigo que produce asomarse a un balcón desconocido. Tejer la sombra por si acudiera la luz. Por el dulce cruce de sonidos de quien penetra lo indescifrable de la mano de un amigo. Coser la sangre al ataúd, con el vicio del que atrapa lo vivo con los dedos muertos de la idea. Cazador de lo insondable, te llaman. Francotirador contra la estrella. Ahora.

Estirar la contraposición hasta que el límite se difumine en un colapso de impresiones que se olvidó del segundo de su primer nacimiento. Alargar la frase por el baile frágil de su ritmo, con el tiento hábil de un conjuro que escogió su oído, enhebró su hilo, preparó la aguja y encajó su filo, así, llega la flecha al destino tras el curvo sinsentido de una palabra con tino. Ese es el desafío.

Exprimir el cruce de sentires y pensares y cantares y decires es un arte despreciable. Hacedores de mentiras, nos dijeron. Pero por qué iba el aprecio a inclinar la balanza si nadie se paró a temblar con su caricia. La palabra solo tiembla si su diana queda quieta. Si la diana se incomoda, el desprecio se libera de sus connotaciones. Qué importa que este cruce de sentires traiga la resaca del desprecio si en el baile fuiste libre. Lo importante es que la máscara se derrame tras el baile. Y que alguien la recoja. Y que no tropiece nadie.

La curva se estira y oprime nuestra piel contra esos trajes de sonidos y promesas que lanzamos pa que bailen.

Porque al menos si se lanza vuela libre.

Y la lanza que vuela nunca es en vano.

Claro está, para él que estima sus lanzas.

P.D.: él que se presenta, se previene.

Atentamente (me reservo el secreto de su nombre).

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

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