La cosecha (III)

la cosecha
Tres. La cosecha.

Está lloviendo, y acabo de darme cuenta.

La cosecha. Las preguntas. Los fragmentos.

La cosecha

Muchas son las cosechas. Muchas. Y también lo son sus signos. Nunca ha hecho la llegada de septiembre para que se puedan recoger sus frutos. Desafortunadamente, siempre existe una cosecha.

Hoy atravieso el último tambor de piedra del llano. Detrás he dejado una tierra áspera, baldía y herida por grietas y estrías mientras que a mi frente parecen abrirse abanicos de verde prosperidad. Ya solo pienso en los engaños. Todo lo que tiene, se agota, y es la sumisión al tiempo o a la finitud de las fuerzas a quien entregamos siempre nuestra voluntad mientras que la hoz continúa con su trabajo. No somos infinitos y si lo fuéramos, lo habríamos olvidado: ¿Para qué recordar que no queda nada por hacer?

Siempre pienso en el engaño. Allí donde brota el ramo graba invisible su rúbrica la muerte, mecánica, encorvada con el peso de sus labores. La eternidad del invierno se cruza con la de la primavera, conversando, enseñando sus motivos con los dientes. Como el que se extrae a su trabajo. Como el que solo es su trabajo. Pero, ¿por qué no iba ser cierto lo que es real si resiste la mentira? El desengaño es solo uno de los tramos de la muerte, solo uno… aunque sea el que más duele.

El reloj no atrapa su propósito y las horas llegan. ¿Para qué la prisa? “Todo se escurre sobre mí”. Asiento. El monte se asemeja a una guadaña, y sonríe. Desde la piedra veo mudar los colores del mundo, su aspecto, sus materiales, su inocencia. Una piel de serpiente arrugándose de olvido es sustituida por otra más vivaz y reluciente, que termina sucumbiendo a los estragos del polvo y a su herencia. Inocencia, conciencia, rebelión… desencanto.

Desde la piedra el mundo cambia, pero su música persevera, emborrachándose con el fango de ese infinito instante que precede a toda muerte, extasiada de soberbia, conociendo el desenlace que la espera. La vida siempre cobra valor cuando el fin le toca en el olfato. Desde la piedra he visto a la vida rebelarse una y cien veces, hasta que el cansancio la tiende suavemente sobre la yerba. Y entonces pasa la guadaña, desenreda sus nudos, reabre sus remiendos, y deja que el viento oxigene sus heridas. Y ya no pasa nada. Desde la piedra veo al color zarpar en un barco y atracar en otras tierras, y así una vez, y otra, hasta que el barco regresa a su comienzo y el mundo inicia su reencuentro. Otra vez.

A todos nos llega la cosecha. Todos podemos ver sus signos. Miro alrededor y veo a los campos callar y siento que ha llegado mi momento. No es la primera vez. Es alentador ver que aún queda verdor alrededor y que queda algo de aliento entre el polvo y las estrías, pero, uno tiene que recoger lo que siembra. Uno siempre recoge lo que siembra. Y si sembramos tiempo, recogeremos su vacío, porque el tiempo no es algo que podamos ahorrar para tiempos sin bonanza. Y si sembraste amor, probablemente recojas cariño, pero… ¿y si ya no es lo que era?

Procuro no olvidarme del sentido del engaño, aunque solo recuerde el engaño. Lo importante es su sentido, su existencia, su conformidad. Pero es lo mismo. Una promesa de vida no es una promesa de eternidad. Quizás, el error no esté en el juramento, sino en la fe que vino luego.

Cuándo uno siembra esperanza quizás recoja ilusiones, pero, ¿y si entonces llega el tiempo de la siega? La guadaña no cesa su baile, es y fue y será solo trabajo. A la esperanza no conviene abandonarla. Nunca. Ni siquiera por un sueño en la que crezca. La esperanza no se planta. Y si se planta, la siegan.

Desde la piedra escucho el gemir de la guadaña. Ya no recuerdo aquel engaño. Ahora todo me promete una respuesta.

Uno que camina

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

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