Los fragmentos (II)

Los fragmentos
Dos. Los fragmentos.

Está lloviendo, y acabo de darme cuenta.

Los fragmentos. La cosecha. Las preguntas.

Los fragmentos

Podría pasarme horas mirando los fragmentos. Horas. Colecciones de fotografías, papeles tachados, compactos con canciones que me suenan, abalorios mordidos por el óxido, polvo, figuras viejas… Sé que hay una sábana invisible que envuelve a todos estos objetos y, sin embargo, no consigo adivinar su tejido. Los fragmentos, en su paciente descanso, no se miran, y hasta parecen ignorarse. Pero, ¿cómo iban a hacerlo? Eso sería imposible y, solo es cuestión de tiempo que atrape uno de los vértices de la sábana y desenvuelva la incógnita. Mientras tanto, sigo mirando los fragmentos. Sentado. Durante horas.

El día que encontré los fragmentos, estaban todos encerrados en la misma caja. La caja era una caja de madera, de tamaño corriente (no más larga que un codo y no más alta que una mano abierta), descorchada por los vértices, un par de bisagras color bronce y un broche que hacía las veces de cerradura. El broche parecía tan cansado de su función que, apenas ofrecía resistencia a quien quisiera aventurarse hacia su interior. Parecía querer que la inspeccionaran. En la parte superior de la caja, con caligrafía amplia y nerviosa, podía leerse una sola palabra: fragmentos. En minúscula. Es por eso que los llamo así desde entonces. Si no hubiera descubierto aquella palabra, probablemente su contenido no hubiera recibido otro nombre que el de cosas o trastos viejos. Y, además, sin aquella palabra, seguramente ni me hubiese detenido a curiosear en sus entrañas, pero… más allá de la caja, no hay nada que me sugiera un nexo común entre todos los objetos que contiene. Nada. Absolutamente nada.

Suele llover. No veo llover, pero… lo sé. Me lo dice el olor que deja la tormenta a su paso y la extraña sensación de humedad que se afianza en mis ojos mientras miro los fragmentos. Un fragmento es una parte de algo que forma, o formó en algún momento, una unidad completa. Todos los fragmentos de una cosa, forman una cosa. Las piezas de un puzle forman un lienzo sobre el que puede contemplarse una imagen. Los diferentes fragmentos de una novela, conforman la plenitud de su trama y, en las maquetas, la suma y el orden de los diferentes elementos componen una figura determinada. Los fragmentos solo necesitan de una disposición y un sentido para que la trama que los vincula emerja, como un amanecer, del imperio de las tinieblas. ¿Quién o qué sería el que enhebrase el hilo entre cada uno de ellos? ¿Cuál es la sábana que los envuelve?

He imaginado miles de historias tratando de encontrar un sentido a este retablo de incertidumbres. He imaginado miles de historias y, sorprendentemente, todas tienen sentido, pero se odian entre ellas. En cada historia, uno de los objetos cobra especial protagonismo frente al resto. En ocasiones, son dos los objetos que se disputan el papel central o incluso su aparición en un momento determinado de la trama. Hay veces que creo que lo importante es qué apareció primero, y en otras que me guardo el objeto indispensable para el momento final, donde la trama se eclipsa a sí misma y se reconoce en el culmen de todas las acciones. Luego pienso, me rectifico, y caigo en la cuenta de que en realidad no tengo ninguna razón para creer que ese objeto sea realmente importante, e incluso, que mi forma de trazar la historia no sigue el criterio correcto. Entonces desordeno las piezas y vuelvo empezar, mientras pasan y pasan las horas y la frontera entre ellos se me difumina ante los ojos. Cansada, empapada en el salitre de la lluvia.

No se me ocurre qué trama, qué hilo o qué sabana es la que pueda envolver estos objetos, sin embargo, desde hace mucho tiempo, una pregunta late en el fondo de mis pensamientos, jugueteando con el miedo y la esperanza. ¿Y si no existiera sábana? ¿Y si no hubiera un hilo? ¿Y si de verdad, como pensara en un principio, aquellos fragmentos se ignorasen entre ellos? Normalmente rehúyo la pregunta y continúo mirando fijamente los objetos, pero en ocasiones, una trama me lanza sus hilos y me atrapa en un bastidor de telarañas. ¿Y si no existiera relación entre los objetos? Es una pregunta temeraria, pero, ¿y si alguien hubiera recogido todos los objetos que no quisiera de su casa y los hubiera metido en la caja y tirado al contenedor más cercano? ¿Y si los objetos ni siquiera estaban en su casa? ¿Y si alguien había ido eligiendo elementos de manera azarosa y los hubiera introducido en una caja para tirarlos luego? Esto era posible, pero, en estos casos, ¿por qué iba a guardar alguien cosas que no tienen relación entre sí en una caja en cuyo lomo puede leerse la palabra “fragmentos”? Pero, ¿y si la caja era uno de esos objetos que también se había encontrado y en ella ya estaba escrita la palabra? Parpadeo. ¿Y si esta persona uso la caja como contenedor porque era el único contenedor que encontró para el resto de objetos? También era posible, pero, ¿para qué iba a hacer alguien algo así?

Y entonces, entre la niebla, surgía otra pregunta aún más oscura que las demás: ¿Y si ese alguien había ido recopilando objetos de manera azarosa, incluida la caja, y al encontrarla había decidido escribir en la madera la palabra “fragmentos” para ver si alguien tropezaba con su engaño? Un escalofrío me atravesaba lentamente el espinazo cada vez que esta idea visitaba mi cabeza. Aquello era impensable y, sin embargo… rápidamente me disponía a inventar historias que empapasen de sentido a cada uno de los objetos para recobrar el ánimo. Pronto volvía a serenarme. Un mar de miles de historias y sus olas me arropaban con su calma y su relente, sin decidirse, en una disputa sedada y, sin embargo…

De pronto, una luz se encendió entre mis ideas, parpadeante. Aquella luz me recordaba al hambre. Aquella luz tenía más fuerza que la que desprendían cada una de las otras historias, incluso en su momento de mayor gloria. Si alguien hubiera tramado todo aquello y mi búsqueda no fuera más que un engaño, ¿no está la respuesta en aquel que tramó el fraude? ¿No tendría aquel la sábana que envuelve el enigma? El arquitecto de la mentira es, sin duda, quién esconde el misterio de este puzle.

Y entonces, los fragmentos se disolvieron y conectaron entre sí delante de mis ojos. La sábana se dibujó súbitamente, y, ante todo, en mis ojos no cabían más corduras. Se había encontrado el juicio y, sin embargo…

Más allá de mí, los fragmentos, por primera vez, se miraban. Una sola vez. Y en silencio, se preguntaron: ¿tan despreciable es el vacío?

Y en la busca de sentido, el sinsentido me arrebato el sentido… y me desmayé. Jamás volví a despertarme. Desde entonces la respuesta se convirtió en el peor vicio. La pregunta genera el vicio de la trama, y en ese vicio, las locuras se devoran con ferocidad con el propósito de colgarse la corona. Hasta que solo queda una, la peor de todas ellas. Y entonces, subida en su trono de reina, decide cambiarse el nombre.

Y entonces, el mundo decide colgarse, en un acto de justicia.

Y de esa cuerda, toma la reina su nombre. Y de esa cuerda, toma el nombre de cordura.

A veces las respuestas me recuerdan al hambre. A veces, solo hay hambre de respuestas. Y entonces, temo que terminen devorándome.

Atentamente

Uno que camina

Parte uno: Las preguntas

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

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