Sobreexposiciones y corazas

Sobreexposiciones y corazas

Origen

Hace unos días comentaba con una amiga algo acerca de un artista que acababa de parir unos poemas. Ella me dijo: “Antonio, ¿no crees que está mal visto eso de exponerse?”. La pregunta me cogió por sorpresa, y la contesté: ¿No vive la gente sobreexpuesta?”. Pero su pregunta iba por otro cauce: “No sé, es como si todos evitásemos mostrar al mundo nuestras inquietudes, nuestras inseguridades, nuestros demonios. Como si de verdad temiésemos ser humanos”. Lo cierto es que hay veces que ciertas reflexiones te golpean con la fuerza del primer beso, y que te dejan igual: temblando.

En un primer impulso la contesté que, o nos sobreexponemos, o nos escondemos, pero que, en cualquier caso, existe un desequilibrio evidente entre las sombras y luces que mostramos. Existe un ejercicio premeditado de deformación en lo que manifestamos. Hay veces que la vida parece más una campaña de marketing continua que un camino de progreso emocional. Sin embargo, probablemente sus palabras fueran más allá de ese signo de nuestro tiempo que suponen las redes sociales. Sí, sus palabras iban más allá.

La guerra a los demonios

¿Por qué le hemos declarado la guerra a nuestros demonios? Un demonio no es un equivalente del mal moral: un demonio es una barrera, una pesadilla, un recuerdo… No son pocas las veces que uno se da cuenta del valor de una obra determinada percibiendo como el artista se ha roto contra el lienzo. Un poema, una danza o una canción tienen tanta relación con la belleza como con la verdad: puede que uno la rehúya, la deteste o la persiga, pero al final uno parte de la matriz sanguinolenta de sus sentimientos. Esta es un tejido universal, y además puede que sea la verdad de toda lírica verbal, musical o corporal.

Y es igual que tracemos las líneas sobre un lienzo, una tela o un mapa de bits. Cuando uno se rompe y sangra, engendra. Y si lo que nace se cuida, se mima y se encauza en una dirección determinada, existen posibilidades de que el producto final exhiba un rostro parecido al de la causa de nuestras heridas. Puede que, con tiento y esmero, esa verdad inicial atraviese lentamente la lluvia intangible de la forma y adquiera fugazmente las facciones de la belleza. Quizás entonces comiences a aborrecerla, mientras otros identifican sus males con los tuyos. Y de esta hermandad de sensaciones, única e inigualable, brota una sintonía en que los corazones acompasan sus latidos al son de una experiencia compartida. Y según lo veo, eso es lo realmente bello de todo esto: el arte como puente entre almas que se miran con complicidad en el silencio.

Sobreexposiciones y corazas
La sombra también juega. Fuente de imagen: http://lasombratuya.blogspot.com/

Natural

Y entonces, me pregunto: ¿qué es lo que deseamos compartir? Quizás sea una versión torcida, de sonrisa amediolunada y hambre de cariño; o quizás elijamos una imagen manchada de decepciones y tormentos. Puede que sea una versión sanada de males o borracha de veneno. O quizás no elijas, y dejes que tus luces y sombras luchen sobre el folio en libertad, sin determinar la victoria de una de las partes. Sea cual sea, jamás, jamás, niegues la oportunidad a tus demonios de participar en el drama de tus expresiones. Quizás solo ellos te sepan mostrarte un reflejo desconocido para ti, al que jamás te habías atrevido a mostrarte.

En cualquier caso, no temamos exhibir nuestras vulnerabilidades y venenos. Todos tememos el juicio. Creo que, si en nuestro quehacer artístico, nos sincerásemos con nosotros mismos y aceptáramos esa colección de errores, faltas y demonios que componen la sombra de nuestro espíritu, probablemente consiguiéramos trazar obras con más color y vida.

Empatizar con la obra ajena es captar el temblor que habita detrás de ella: su miedo, dolor, inseguridad, soledad, desamor, toxicidad, desgarro, sus recuerdos y puñales o su pánico a la muerte. Todas estas emociones y vivencias comparten la cualidad de hacernos humanos, de hacernos sensibles, y el arte, familia, es probablemente el camino más rápido y sufrido hacia la conciencia de nuestra humanidad. Quizás haya ido demasiado lejos, pero en cualquier caso espero que nunca temáis a vuestros demonios, porque son la mitad de lo que sois.

Dijo Carl Jung algo así como que cuándo uno no se hace cargo de sí mismo, el pasado se asume como destino. En nuestras manos está el encarrilar nuestras acciones y nuestras obras. Amarse es amar en nosotros todo aquello que nos hace grande, es decir, lo que nos hace pequeños.

Sean felices.

Atentamente,

Uno que camina.

 

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

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