Domingos con Juan de Mairena (II): del jurar

Mito y lenguaje

Los dioses de Mairena

“Pero los dioses cambian por sí mismos, sin que nosotros podamos evitarlo, y se introducen solos […]. Nosotros hemos de procurar solamente verlos desnudos y sin máscara, tales como son. Porque de los dioses no puede decirse lo que se dice de Dios: que se muere quien ve su cara. Los dioses se conocen en vida, y hay que conocerlos para andar entre ellos.”

Juan de Mairena, Antonio Machado

Hace unas semanas comencé una serie de artículos que bauticé como Domingos con Juan de Mairena. Con el ajetreo de la edición y publicación de mi libro, Ángeles y Condenas, he tenido que posponer la escritura de algunos artículos en beneficio de mi nuevo hijo. Este año, además, las obras de Antonio Machado quedado liberadas de derechos y ya pertenecen al tesoro público. Un inciso: Machado siempre ha sido uno de los tesoros de nuestro haber cultural. Pero ahora, tendremos menos burocracía.

Del jurar y juramentos

Hace unos días, a razón de una consulta en la RAE, surgió una conversación con una compañera a propósito de la conveniencia en el uso conversacional o literario de las promesas y los juramentos.

Jurar: Prometer una cosa solemnemente, poniendo por testigo o como garantía de ello a Dios o a personas o cosas muy respetadas o queridas por la persona que promete.

El término jurar es un término tradicionalmente asociado a ritos y proclamaciones de carácter sagrado. Generalmente, cuándo uno jura lo hace ante Dios o entidades de calibre semejante. La tradición, por norma general, dicta la regla. Y aunque escueza, en eso que (tan a la ligera) llamamos sentido común se esconde un sedimento de juicios y prejuicios del pasado.

Mi compañera en Twitter señalaba el ascendente religioso de la palabra jurar y su vinculación histórica a rituales de carácter cristiano y religioso. Esto es un hecho innegable. Sin embargo, el lenguaje es un fenómeno líquido y las palabras transforman su significado aunque conserven intacto su significante, lo que conduce a infinitud de controversias: la palabras liberalismo, sexualidad, patriotismo y otras de índole similar se han visto sujetas a multiples transformaciones interpretativas. Esta es la razón por la que algunos nos esforzamos hacer consciente nuestro lenguaje, cribar sus valoraciones implícitas, y abandonar algunos sesgos ciegos a los que nos empuja sin quererlo. ¿Es necesario poner ejemplos? Nuestro lenguaje está plagado de sexismos, clasismos y otras implicaciones no deliberadas. Los términos se reelaboran y reinterpretan con el tiempo, pero, evidentemente, es difícil desvincular al símbolo de lo simbolizado.

¿Jurar sin Dios?

Sin embargo, cuando juramos, se jura ante algo sagrado. Entonces, ¿por qué jurar si no ponemos a Dios por testigo? Lo primero, porque Dios no es sinónimo exclusivo de lo sagrado; y en segundo lugar, Dios no tiene que ser eso sagrado por lo cual yo jure. Cada uno de nuestros cuerpos es sagrado, es un templo; nuestras ideas y palabras son sagradas, nuestros sueños, nuestros valores…

Yo juro, y cuando juro, normalmente lo hago ante mi mismo. Y por más que Dios muriera, muriese, o se haya aburrido de nosotros, existe en el espíritu humano una tendencia a sacralizar los elementos más importantes de nuestra vida. Creo que nuestros juramentos del habla coloquial o lírico tienen la finalidad de atribuir un valor real a nuestras palabras: no hay nada más sagrado que nuestra dignidad corporal, psíquica o emocional. También el término jurar tiene una potencia verbal que no tiene la promesa (claramente vinculada a la historia del verbo).

Juramento y Juan de Mairena
Altar Madre Dolorosa en Santiago. Fuente: Victorestivales

Jurar sacraliza

Moralinas.

Los dioses no van a desaparecer por más que se demuestre su inexistencia, si es que esto, es una posibilidad asequible. Los dioses son dioses porque son objetivo de emociones sacralizadas y reverenciables.

Al jurar, si otorgamos un valor real a ese juramento, estamos ofreciendo una razón de peso para cumplir con lo dicho.  Y esa razón somos nosotros.

Cumple tu palabra y tu acción y acércate a tu altar andando. No hacen falta dioses para jurar nada.

Y puede que los dioses de cada tiempo sean el rostro de cada presente histórico. Si uno otorga valor a su juramento, y escruta ese algo o alguien ante el que jura, quizás encuentre uno de sus dioses internos. Y que conste que no pretendo una apología de las herejías. Los herejes no necesitan defensores, necesitan motivaciones… e indignaciones.

Es por eso que traía, junto con esta definición de frac y chaleco, un fragmento de mi amado Juan de Mairena. “Pero los dioses cambian por sí mismos, sin que nosotros podamos evitarlo”, dice, y solo cuándo lo asumamos podremos “andar entre ellos”. Asumamos nuestra sacralidad. Juremos y prometamos, démonos valor.  Y como la lírica y la literatura no es un texto jurídico, podemos permitirnos alguna que otra licencia. Sin faltar a nadie.

Espero que jamás estéis de acuerdo.

Advertencia: todas las consideraciones anteriores no pretenden minusvalorar el término prometer ante el jurar, solamente pretenden purificar el juramento de tradiciones religiosas determinadas y presentar una valoración personal del término. Por supuesto, aquí es todo una opinión.

Atentamente,

Uno que camina.

 

 

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

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