Lo que no parece (II)

Lo que no parece (II)

Primera parte aquí: Lo que no parece (I)

Farsa en dos escenas. Segunda parte.

Seis días después cené el mejor cordero de mi vida. Y caté el mejor de los vinos. Don Adriano no se privaba lujos en lo que al buen comer se refiere, y entre copa y copa de vino, se nos habían hecho las dos de la mañana. Mi tren salía en solo seis horas. La plaza estaba atestada de universitarios y adolescentes y Don Adriano destacaba como una cebra vieja entre jóvenes caballos. Una cebra muy rica, pero cebra, al fin y al cabo.

– Don Daniel… debe hacerme caso –insistiéndome de nuevo-. ¡Usted promete! Ese Carlos Mejía… ¡Maldito estirado! Bendito accidente –me gritaba, tirándome de la chaqueta-. Usted sabe lo que es tratar a la gente y comprende lo que es realmente la vida. Usted…

Don Adriano comenzó a hipar justo cuando le cogí de un brazo para conducirle por la acera. El viejo tenía saque, desde luego, pero setenta años le pesan a cualquiera y el vino había corrido de lo lindo. El viejo se frenó en seco de nuevo para aleccionarme:

– Don Daniel, tiene usted en mi persona un amigo, ¡no lo olvide! Dígale a las gentes de su periódico… –el viejo hizo una pausa para hipar de nuevo-, que su reportaje corre por completo de mi bolsillo. Y sabe lo que le digo, Daniel –me decía sin enfocarme y con el cuello de su traje italiano totalmente descabritado-. ¡Usted sí que es un caballero! No como…

Y retomó de nuevo su retahíla. Volví a cogerle del brazo y le saqué las llaves del bolsillo de la chaqueta. Habíamos llegado. Abrí la puerta y con mucho tiento, ayudé a Don Adriano a subir aquellos dos pisos de escaleras de noble linaje. Desde luego, no había tomado una sola nota en todo el viaje. Desde que le ofreciera aquel cigarro de camino a la conferencia, hasta la última copa de despedida, Don Adriano había demostrado que su carrera de éxitos nacía de una ambición desmedida hacia la vida. No había tomado una sola nota, eso era verdad, pero si algo tenía claro era la receta del éxito de aquel vejestorio adinerado: vivir.

Había dejado a Don Adriano tumbado en su cama cuándo una voz de piedra se filtró por la puerta de su dormitorio:

– Don Daniel, no lo olvides. ¡Tú lo vales!

Y aquella vez, fueron esos grandes hombres de los retratos quienes asintieron profundamente. Mi americana seguía arrugada, pero ahora, yo era un hombre nuevo.

Angeles y condenas

Autor: Antonio Navarro Vázquez

De la arcilla, la madera y el trigo. Hijo de muchos cantares. Padre de algunas pasiones. Mi hoguera

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